De lo que acaso fuese así, pero nunca se sabrá

Morton Smith
Morton Smith

-¿Con quien hablabas? ¿Y qué te decía de algo secreto?

-¿Lo has oído? ¡Pues que dios te conserve los decibelios! Con Luís, a quien le pasé unas notas sobre el evangelio secreto de Marcos; y, ¡maldita la hora!, porque desde entonces no me deja de llamar para preguntarme detalles o pedirme aclaraciones. Anoche me cogió ya en la cama y hoy, ya ves, desayunando. ¿Por qué le pirrarán las cosas  cuanto más raras?

-¡Y lo dices tú! ¡Mírate al espejo! Pero cuenta.

-¿Qué quieres que te cuente? ¿O es que tú tampoco has oído hablar del  evangelio secreto de Marcos?

-Yo soy muy normalito. No como Luís ni como tú. He oído hablar de evangelios canónicos y apócrifos. Y de los canónicos,  algo me ha quedado de lo que nos leía don Abundio en el bachillerato.

-Quien, con ese nombre, estaba predestinado para cura.

-Pues sí. Y de los apócrifos, sé que los hay porque os lo he oído a ti y a tus amigos, que no entiendo por qué os ha dado por esos temas, siendo, como os declaráis, agnósticos. Pero lo que se dice de los secretos, habrían tenido que dejar de serlo para que los hubiese podido conocer.

-¿Por qué lo embarullas todo? A cualquier cosa se la puede catalogar de secreta, también a evangelios de los que no se haya tenido conocimiento durante mucho tiempo, tal vez porque sus poseedores no habían  querido que se conociesen o porque los tales habían desaparecido sin dejar rastro.

-Y el que le has traspasado a Luís ¿cómo lo has conocido tú? ¿O es que te lo has encontrado, de chiripa, en un cajón de doble fondo, en el armatoste que te has comprado en el Rastro y que los transportistas se las vieron y  desearon para meterlo en casa?

-Nada de eso, sino por no seguir los consejos de un amigo mío, ya fallecido, autor de poesías eróticas y absolutamente  pesimista respecto a la mayoría de sus conciudadanos

-Vamos, como tú; solo que sin poesías eróticas. Que yo sepa.

-Pues quien no dejaba de repetirme que los libros había que publicarlos anónimos, para que los lectores no empezaran la lectura con el prejuicio de la biografía del autor; y yo le replicaba que todo lo contrario. Que para mi el nombre del autor era mi primera guía, bien para leerlo o para no hacerlo, mientras no apareciese alguien de mi confianza que me lo recomendara.

-Lo que me han dicho a mí que hay que hacer antes de meterte en un quirófano, por muy sencilla que te  presenten la operación. Sólo que no entiendo qué tiene que ver eso con unos supuestos evangelios secretos.

-Pues muy sencillo. Que en una revista, que tengo en mi cuarto, y que no te la paso porque está en inglés, venía un artículo titulado, traducido: “Los evangelios secretos: las controversias bíblicas de Morton Smith”, del que ya te puedes suponer que habría pasado de largo de no haber sido por el nombre del autor.

-¿Lo conozco yo?

-¡Me dejarías de piedra! Anthony Grafton. ¿Te suena?

-Nada de nada. Como tampoco al que has mencionado en el título.

-Morton Smith.

-Ese.

-Pues, gracias a apreciar mucho al primero por unos ensayos sobre las notas a pie de pagina y por  sus investigaciones históricas, me puse a leerlo; y te aseguro que hacía mucho que no me divertía tanto como leyendo el artículo de Grafton y los que he descargado acerca y de Morton Smith.

-¿Y no los podría leer yo, después de tantos elogios?

-¿Con tu poco inglés? La lectura te sería muy pesada  y tardarías mucho; cuando además tengo que devolver la revista a quien me la ha prestado. Lo que puedo es resumírtelo o leerte las notas que ha escrito Luís al respecto y me las ha mandado al portátil para que juzgue si son publicables. ¡Porque hasta eso voy a tener que hacer!

-¿Y por  qué no lo abres?

-Porque lo había pospuesto para más tarde.

-Pues déjame que lo haga yo.

-Si, claro. Para que lo husmees todo. Te lo cuento, si te comportas como un señor.

-Como un señor, siempre que no pongas el listón muy alto.

-Me basta conque no me estés interrumpiendo cada dos por tres.

-Que no. Que estaré calladito. Salvo que me sea de absoluta necesidad preguntar algo para no perderme.

-Pero es que tú te pierdes más que Caperucita Roja.

-Caperucita no se perdía. La engañaba el lobo.

-¡Que lo mismo da! ¡Quien fuese! ¡Acércame el portátil!

Universidad Hebrea de Jerusalén
Universidad Hebrea de Jerusalén

-Sí. Ya lo ha mandado. ¡Este Luís! ¡Y por la longitud, debe contar la historia al completo! Ya me había dicho que iba a escribir un ensayo sobre el evangelio secreto y enviárnoslo a amigos por si  le podíamos aconsejar dónde publicarlo.

-¿No sería también Rogelio?

-Probablemente. Pero tampoco me conozco todas sus amistades.

-¡Déjalo! Y a lo que íbamos.

-Pues leo y, si es necesario, te matizo o te completo: “Morton Smith había nacido en 1915, y con veinticinco años y una beca del Departamento de Teología de la universidad de Harvard”.

-¿Departamento de Teología? ¡Y yo que tenía a la universidad de Harvard por laica?

-¿Ves como enseguida interrumpes? ¿Y si te digo que es una universidad privada y que organiza sus cursos según sus planes de estudio?

-Que me callo.

-A ver por cuanto tiempo. Te sigo leyendo: “Que con esa beca había viajado a Palestina, donde le cogió el estallido de la Segunda Guerra Mundial y tuvo que permanecer allí cuatro años; los que aprovechó para asistir a cursos en la universidad Hebrea de Jerusalén, con ilustres profesores alemanes,  huidos o exiliados de la Alemania nazi, entre los cuales el gran especialista de la mística Judía, Gershom Scholem, de quien se hizo muy amigo y con quien mantuvo una correspondencia, hasta la muerte de Scholem, recientemente publicada”.       ¿Quieres verla?

-Ahora eres tú quien interrumpe.

-Disculpa. Ya te la enseñaré en otro momento. Y sigo: “Morton Smith  redactaba su disertación en hebreo y se convertía en el primer profesor cristiano de aquella universidad”.

-¡No me digas! ¡Y ahora te apedrean o te quitan el título y la cátedra si pasas por allí!

-¡No empieces con tus digresiones! “Acabada la guerra, volvía a Estados Unidos, en 1945, e iniciaba una carrera eclesiástica en la Iglesia Episcopaliana, que pronto abandonaría para dedicarse a la enseñanza. Siendo profesor de Historia Antigua en la universidad de Columbia hasta 1990, y falleciendo un año después”.

-¡No se dice nada de ningún Evangelio Secreto!

Monasterio de Mar Saba
Monasterio de Mar Saba

-¡Tranquilo! ¡No te impacientes, que todo se andará! Y ahora intervengo yo, para volvernos a Palestina. Durante los años de confinamiento, Morton Smith había visitado frecuentemente el monasterio de la Iglesia Ortodoxa de Mar Saba, en el desierto de Judea, y uno de los cenobios más antiguos de la Cristiandad, que guardaba una de las mejores colecciones de manuscritos de los primeros siglos del Cristianismo. Y que había sido fundado por su patrón, San Sabas, nacido en Capadocia

-Y eso ¿dónde está?, si el señor me permite preguntar.

-El señor te lo permite porque no es algo que se suponga que debamos saber tipos como tú y como yo. Aunque sólo te informaré de que se trata de una zona árida, en el centro de Turquía, y recomendarte que, cuando puedas, la busques en alguna geografía o enciclopedia; porque ¡ya verás!.

-Pues, en cuanto acabes, lo haré. De modo que sigue.

-¡Y que tenga fotografías!

-¡Que sí!

-Como te decía

-Me leías.

-No. Ya te había dicho que era de mi cosecha. Que el monasterio había sido fundado por su patrón, San Sabas, nacido en la Capadocia en el 439;  quien, con diez y ocho años, había viajado a Palestina y se había ido a vivir, solo, a una cueva de un lugar inhóspito. Posteriormente se le unieron otros ermitaños, todos viviendo en cuevas separadas y reuniéndose una vez por semana para abastecerse y rezar en comunidad. Para lo cual acabaron construyendo un edificio, núcleo del futuro monasterio. Donde se enterró a san Sabas cuando falleció, con noventa y tres años.

-¡Coño, tú! ¿Qué hacen los sanatorios y residencias de ancianos que no se instalan en lugares inhóspitos?

-Porque no iría nadie. Y no empieces a interrumpir con lo primero que se te venga a la cabeza.

-¿Es que no has acabado? ¡Como había fallecido san Sabas!.

-Lo que falta lo leo de lo que manda Luis y que se me había olvidado, porque no es relevante para el evangelio secreto. ¿Me lo salto?

-No, no. Si no quedará mucho.

-Nada. Dos frases.

-Pues suéltalas.

-Que en el siglo XII, aprovechando que los Cruzados pasaban por allí, se llevaron los restos de san Sabas a Venecia, porque les escandalizaría que un santo estuviese enterrado en tierra de herejes; que hasta ahí llegan los creyentes en cualquier dios; y sólo en 1965, por un acuerdo entre el Papa Pablo VI y el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa, sus restos retornaban a su monasterio. ¿Te  vale?

-Como erudición, me vale. Pero, para saber algo del evangelio secreto, todo lo dicho paja y más paja.

-Que te lo voy a contar.

-¿Cuándo?

-Ahora mismo. Cuando Morton Smith retornaba a la zona, en 1958, unos años antes de que lo hiciese el ataúd  del santo, con el fin de catalogar los manuscritos de la biblioteca del monasterio. El que apenas había cambiado desde cuando lo visitara por primera vez. Las mujeres seguían teniendo prohibido el acceso, aunque ahora ya contaba con electricidad; lo que le facilitaría tanto la lectura como la catalogación de los fondos manuscritos de la biblioteca.

-Y entonces, con tantos adelantos, aparecía, por fin, el evangelio secreto. Digo yo.

-Y dices bien. Cuando el trabajo rutinario de identificación y catalogación de los manuscritos, de lo que llamamos biblioteca sólo por aquello de que allí  se almacenaban libros, con escaso orden y concierto, se transformó en excitante el día en que Morton Smith no se podía creer lo que veían sus ojos. Pues al abrir un libro, tal vez sorprendido de encontrárselo entre manuscritos, porque se trataba de uno impreso; y en cuyas páginas finales, originariamente en blanco, le sorprendieron unos minúsculos garabatos en Griego, encabezados por esta apostilla: “De las cartas del muy santo Clemente, el autor de los Stromata. A Teodoro”.

-¿Y escrito por quién?

-¡Vaya usted a saber! ¡Ni idea! Y ni se me ocurre que se pueda averiguar. Si bien, respecto al personaje que lo haya podido escribir, hay una conjetura que lo convierte en sosías mío.

-¿Tú, hermano gemelo de un monje de Mar Saba?

-Pues sí. ¡Y no te muerdas las uñas de envidia ni te vayas por los cerros de Úbeda! A lo que eres muy aficionado. El fragmento, copiado de una carta de Clemente, escrito con tinta y a mano, le había aparecido a Morton Smith, ¡asómbrate!, en las ultimas páginas, en su origen en blanco, del último pliego, de un libro impreso en el siglo XVII; la edición de las cartas auténticas de Ignacio de Antioquía, de 1642, coleccionadas por el erudito holandés Isaac Vossius. Por cierto, con fama de libertino.

-Todo lo que tú quieras. Pero desembucha. ¿Por qué el amanuense y tu sois almas gemelas?

-¡Vamos a ver! ¿A ti te parece natural que aparezca un texto manuscrito, en unas páginas en blanco, del último pliego de un libro impreso?

-No debe ser algo que suceda todos los días, pero tampoco es para llevarse las manos a la cabeza. Hay gente que escribe en los libros ¿No has dicho que el autor era un sosias tuyo?

-¡Y tanto! Te leo lo que escribe Luís, al que le tendré que preguntar de donde lo ha sacado.

-Si. Pero despacito y avisándome cuando aparezca el sosías, no sea que se me pase.

-A las órdenes del señor. Pues que ha habido quien ha conjeturado, acaso el mismo Morton Smith, que la apostilla que te acabo de leer fue escrita, en las páginas en blanco de la edición de san Ignacio, por algún monje desconocido, quien, después de un pavoroso incendio, a principios del siglo XVIII, en que ardieron buena parte de los manuscritos almacenados en una cueva, se habría encontrado en el suelo un pedazo de pergamino chamuscado y que, al recogerlo, viendo que se trataba de lo que quedaba de una de las cartas de Clemente que atesoraba el monasterio, de las que se sabe, por haberlas leído Juan Damasceno, en la primera mitad del siglo VIII, que guardaba una veintena.

Juan Damasceno
Icono de Juan Damasceno

-¡Alto el carro! ¿Quién es ese Juan Damasceno?

-Luís no cuenta nada al respecto. Y yo tampoco te puedo ilustrar. De modo que lo consultas en Google. Y atento, que aparezco yo.

-¡Qué emoción! ¡Y no una mera resurrección, sino una reencarnación! ¡Y ni siquiera nacido de una Virgen, sino, desde el principio, con los hábitos de un monje! ¡Asistamos al milagro!

-¡Pareces bobo! Que el monje que se encontró el pergamino chamuscado hizo lo mismo que suelo hacer yo cuando, leyendo un periódico o lo que sea, me tropiezo con algo que quiero guardar: una frase, una cita, el nombre de un autor; y no tengo donde copiarlo.  ¿Qué hago?

-¡Tú sabrás!

-Que echo mano de lo primero que encuentro: un papel cualquiera, un libro, un cuaderno

-¡Para! Sí. ¡Cualquier cosa donde se pueda escribir!

-Y allí lo copio.

-Y que es, según tú, lo que habría hecho el monje que se había encontrado en el suelo de la cueva el pedazo de pergamino chamuscado. Y lo primero que encontró a mano habría sido el volumen de las cartas de Ignacio, que, para más suerte, tenía en blanco, al final, suficiente espacio donde copiar lo que había quedado legible en el pedazo chamuscado del pergamino.  ¡Muy bonito todo!

Clemente de Alejandría
Clemente de Alejandría

-Y, quien hubiese sido, habría añadido, al nombre de Clemente, el título de su obra más conocida, con el fin de diferenciarlo de otros del mismo nombre. Es decir, Clemente de Alejandría, uno de los Padres de la Iglesia, del siglo II, y tal vez de los primeros en servirse del neoplatonismo para entender la predicación cristiana. Y autor de esa obra, Stromata, que lo identificaba.

-¿Que qué significa? De no ser un nombre propio.

-Pues yo lo traduciría como cajón de sastre, porque reúne textos de todo tipo; entre los cuales muchos testimonios de los presocráticos; algunos, como los de Heráclito, que, de no ser por él, se habrían perdido.

-Y el fragmento salvado y chamuscado ¿qué citaba de Clemente, además del nombre?

-Una carta manuscrita, en letra del siglo XVIII, que ocupaba buena parte de las tres página finales del libro impreso, la edición de las cartas genuinas de Ignacio de Antioquia, el fundador de la ideología del obispo monárquico.

-De la que ya me dirás.

-Sí, pero no ahora. Sólo señalarte que el tal Ignacio ha sido, sino el que más, uno de los más pirateados del movimiento cristiano; cuyos propagandistas se han servido, desde los inicios, de semejante procedimiento:  publicar sus textos con el nombre de propagandistas ya conocidos, tal vez por no considerarlos propios: ni los suyos ni los de los otros, sino, por decirlo así, de dominio público; empezando con la correspondencia de Pablo y tal vez los mismos  evangelios; es decir, con los dichos y hechos del propio Jesús.

-No te vayas por peteneras, que me dejas sin el evangelio secreto.

-Si sólo era para subrayarte que un procedimiento, que a nosotros nos parece de juzgado de guardia, y del que  se sirven algunos para consolidar su prestigio,  no lo era por copiar, sino todo lo contrario, puesto que la predicación trataba de doctrinas reveladas, de las que, quien las predicaba, era mero transmisor.

-Está entendido. Conque sigue.

-¡Ya te digo! Un hallazgo extraordinario, de los que se dan de guindas a brevas, aunque sólo parcialmente fortuito, puesto que, de pasarnos a nosotros, carentes de los conocimientos necesarios para reconocerlo, de nada valdría que nos lo metieran por las narices.

-¡No me deprimas! ¡Que bien sabe uno que no sirve para nada!

-Por supuesto, que ni tú ni yo habríamos podido leer aquellos garabatos. Pero cada zapatero a sus zapatos.

-Si lo dices por mí ¡qué remedio! ¿Y qué hizo Morton Smith?

-Lo que habríamos hecho nosotros de estar en su pellejo.

-Algo improbable

-¿Por qué eres tan derrotista? Empezando a leer el primer párrafo, en el que Clemente elogiaba al tal Teodoro por haber silenciado las inexpresables enseñanzas de los Carpocracianos, un grupo cristiano, alejandrino, de finales del siglo I y principios del II, que predicaba que Jesús había liberado a sus seguidores del sometimiento a la Ley; de tal modo que podían hacer lo que les apeteciera sin pecar. Y que, según Ireneo de Lyon, en Contra Herejes, creían salvarse haciéndolo. Y no te puedo decir más

-¿Que no lo sabes?

-¡Ya sería el colmo que me supiese de memoria el Contra Herejes de Ireneo! Pero agradezcámoselo a Luis, que afortunadamente lo cita.

-¡Que majo! ¡Y tú despotricando!

-Reconozco que en esto se merece un diez.

-¡Y más! Conque ya estás leyendo la cita de Ireneo, porque me tienes que me da un telele.

-Escucha: “Haciendo todas esas cosas que nosotros no nos atrevemos a decir ni a oír; y que ni siquiera deberíamos pensar”. Y sigo con un apunte, también de Luís.

-¡De esa joya, a la que deberíamos besarle los pies!

-¡No te pases y escucha: “quienes, según Clemente, en la carta hallada por Morton Smith, habían abandonado el camino de los mandamientos para caer en el abismo ilimitado de los pecados carnales”.

-¿No se menciona, en alguna carta de Pablo, a un grupo, conocido por los libertinos?

-¿Estás queriendo señalar que, a poco que se lo pensaran los creyentes en el Jesús resucitado y en la elección divina desde antes de nacer, aunque no sean catalogados como Carpocracianos, se comportarían como tales?

-No se.  A tanto no llego. Te lo preguntaba a ti.

-Yo sólo te puedo exponer, por lo que aprendí leyendo sobre los primeros siglos del movimiento cristiano, que fue precisamente Clemente quien, en los Stromata, informaba más sobre los Carpocracianos, y de quien Luis, no me explico de dónde lo habrá sacado,   cita lo siguiente: “que ellos y otros aduladores de similares fealdades, reunidos para la cena (no llamaré banquete eucarístico su reunión), hombres y mujeres juntos,  saciándose (y en la saciedad aparece Venus, como se suele decir). Luego, dándole la vuelta a las lámparas, quitan de en medio la luz, que desenmascararía su justicia pornográfica, y se arrejuntan como quieren y con quienes  quieren”.

-Este Luís será un coñazo, según tú. Pero en este asunto ¡para darle un beso!. ¡Nos lo está contextualizando todo! ¿Y como es que se llamaban cristianos?

-Ignoro si ya por entonces se usaba la palabra en Alejandría. En cualquier caso, si Clemente se molestaba en describirlos, era porque aparecían como tales. Tú mismo has relacionado esos comportamientos con lo de haber sido elegidos, como diría Pablo, desde antes de nacer.

-No te enrolles. Que a nosotros, lo que hiciesen o dejasen de hacer los Carpocracianos, ni nos va ni nos viene, sino lo del Evangelio secreto.

-Es que ellos justificaban sus prácticas, no por haber reflexionado sobre las consecuencias de la elección divina, sino por haberlo leído en la versión que poseían del evangelio de Marcos; una de cuyas copias se guardaba, según ellos, en la iglesia de Alejandría, como le habían informado al Teodoro de la presentación; y al que Clemente elogiaba por haber silenciado las inexpresables enseñanzas de aquellos.

-¡Pues ya me dirás lo que había en ese evangelio, de lo más escandaloso! Que ni me imagino que lo pueda haber aún más  que lo que me has leído.

-Uno de los párrafos que, quien fuese el copista del fragmento chamuscado, citaba como de Clemente y que Morton Smith, a su vez, también había copiado.

-¡Y me lo puedes leer o te tengo que poner una pistola en la frente!

-No te hagas el farruco y escucha: “Llegaron a Betania, y había allí una mujer cuyo hermano había muerto. Y ella vino y se postró ante Jesús y le dijo: `Hijo de David, ten piedad de mí´. Mas los discípulos la reprendieron. Y Jesús, encolerizado, se fue con ella al jardín donde se encontraba la tumba. Y se oyó una voz viniendo de la tumba. Y Jesús, habiéndose acercado, hizo rodar la piedra lejos de la puerta de la tumba. Y entró enseguida al lugar donde se encontraba el joven, extendió la mano y, cogiéndole la mano, lo resucitó. El joven, al verle, le amó; y  suplicó a Jesús que le dejase estar con él. Y, habiendo salido de la tumba, fueron a la casa del joven, porque era rico. Y, después de seis días, Jesús  le habría dicho lo que tenía que hacer; y, aquella misma noche, el joven se reunía con él, llevando una tela de lino sobre su cuerpo desnudo. Permaneciendo juntos toda la noche  para que Jesús le enseñara los misterios del reino de Dios. Y después, al amanecer, retornó a la otra orilla del Jordán”.

-¿Y lo escandaloso era que el joven resucitado haya ido al encuentro de Jesús llevando una tela de lino sobre su cuerpo desnudo?

-No corras. Sin embargo, te pido que retengas lo de que fue para que le enseñara los misterios del reino de Dios.

-Me lo había saltado sin darle importancia.

-Pues ya verás, porque puede ser lo que explique lo del desnudo. Pero, antes, sigamos con la edición. Porque ya  te imaginarás la que se armó cuando Morton Smith anunció su descubrimiento, en 1960, en un congreso de Arqueología. Y, sobre todo, cuando, en 1973, la “Harvard University Press” publicaba fotografías de la carta, acompañadas de un  estudio de Morton Smith con todos los requisitos exigidos a un trabajo académico. Y, casi simultáneamente, otra edición para el público en general, bajo el titulo El Evangelio Secreto. En cuyo prólogo, Morton Smith  argumentaba que Clemente era el autor de la carta y que el evangelio secreto se remontaba a los inicios del movimiento cristiano, insinuando que Jesús practicaba con  sus discípulos ceremonias secretas libertinas. Lo que, como puedes suponer, provocó reacciones para todos los gustos, desde la aprobación más entusiasta, las menos; hasta  los rechazos más escandalizados, las más. Y todo ello, en parte, por una frase, citada por Clemente, aunque no del evangelio, sino añadida por Carpócrates: “Hombre desnudo con hombre desnudo”.

-¿Que se interpretó?

-¡Imagínatelo! Mas aún cuando hubo malvados que la vincularon con la fama de homosexual de Morton.

-¡Que hijos de puta! ¡No hay derecho! ¡Que es eso de servirse de un argumento ad hominem! ¡Y la que le caería encima!

-Él mismo lo cuenta.

-¿También lo refiere Luis?

-No. Eso te lo digo yo. O mejor dicho, se lo escribía el mismo Morton Smith a un amigo, como un año después de la aparición de la edición popular. Que, según le informaba, en ese tiempo había amontonado una pila de recortes de prensa de más de tres palmos de altura; y otra, aún más alta, con cartas de lectores, muchas de las cuales amenazadoras.

-Eso respecto a la edición popular. ¿Y qué pasó con la publicación en la revista universitaria?  ¡Porque no me imagino que el mundo académico recibiera el hallazgo sin división de opiniones!

-¡Claro que no! Y en ese mundo, paulatina, pero sin interrupción, inexorablemente, se fue propagando el rumor de que el hallazgo era una falsificación.

-¿Que habían engañado a Morton Smith y le habían dado gato por liebre?

-¡Que ingenuo eres! ¡No, sino que el mismo Morton Smith había sido el falsificador!

-Pero semejante calumnia era fácilmente rebatible; más aun en los tiempos que corren. Cuando habría bastado con  subirse a un avión hacia Israel, llegarse al monasterio de Mar Saba, y pedir prestado el volumen de las cartas de Ignacio para llevar a cabo los análisis que se exigen en estos casos: el examen del manuscrito en tanto material; es decir, para determinar las fechas de la fabricación del papel y de la tinta

-Todo muy fácil, efectivamente. Pero no.

-¿Por qué no?

-Porque no había el tal volumen.

-¿¡Que se había inventado el volumen!?

-Eso no. Porque la ficha sí estaba. Era el volumen el que había desaparecido. Lo que hacía imposible las pruebas de laboratorio, con el fin de determinar que la tinta y el papel eran o no eran del siglo XVII; ni tampoco de las fechas en que Morton Smith los habría podido adquirir en cualquier papelería.

Monasterio de Mar Saba
Monasterio de Mar Saba

-Por la cara que has puesto al exponer eso último,  juraría que terminó apareciendo.

-No exactamente. Quienes sí aparecieron fueron unos testigos que habían visto el volumen de las cartas de Ignacio con la carta manuscrita de Clemente

-¿Quiénes?

-No lo preguntes como si te fuese la vida. Un estudiante graduado por la universidad de Harvard, posteriormente investigador del gnosticismo, judío y cristiano, Guy Stroumsa; quien, en la primavera de 1976, había llevado en su coche, al monasterio de Mar Saba, a dos prestigiosos profesores de la universidad de Jerusalén, David Flusser y Shlomo Pines, más el archimandrita Melitón; con el fin de confirmar la existencia del libro.

-Y eso de archimandrita ¿con qué se come?

-En la Iglesia Ortodoxa, el abad de un monasterio o el supervisor de varios. Mas, a lo que vamos. Que allí estaba el volumen de las cartas de Ignacio, en las estanterías de la biblioteca, donde Morton Smith lo había dejado.

-¿Y Luis  te  da los nombres de esos testigo?

-Para qué, si se los he dado yo, como hace un momento a ti. Y algunas de sus muchas llamadas han sido para preguntarme por el dueño y conductor del coche, Guy Stroumsa. Del que le voy a enviar un correo con la traducción  del texto en que cuenta cómo fue aquella expedición.

-¿Y no me podrías dar una primicia?

-Sí, claro. Lo llevo conmigo para escribírselo luego. Escucha: “En la primavera de 1976, un grupo de cuatro personas, que incluía al fallecido David Flusser, profesor del Nuevo Testamento; el fallecido Shlomo Pines, profesor de árabe medieval y filosofía Judía; ambos de la Universidad Hebrea de Jerusalén; el Archimandrita Melitón, del Patriarcado Griego de Jerusalén (y al mismo tiempo investigador de la Universidad Hebrea); y yo mismo (entonces un estudiante graduado en la Universidad de Harvard); íbamos  (en mi coche) desde Jerusalén al monasterio de Mar Saba, en el desierto de Judea, a la búsqueda de la carta de Clemente. Lo mismo que Flusser y Pines, a mí me había intrigado la extraordinaria descripción de su hallazgo y queríamos ver el texto con nuestros propios ojos. Y el archimandrita había querido acompañarnos. Cuando llegamos al monasterio, con ayuda de uno de los monjes, comenzamos la búsqueda de la edición de Isaac Vossius de las cartas de Ignacio en las estanterías, llenas de polvo, de la biblioteca de la torre del monasterio. El monje y el archimandrita Melitón nos explicaron que muchos libros de la biblioteca del monasterio habían sido trasladados a la del Patriarcado de Jerusalén, después de que se hubiesen cometido frecuentes robos. Nosotros no teníamos muchas esperanzas. No obstante, de repente, el monje encontró el libro, con la inscripción `Smith 65´en su primera página, y las tres páginas manuscritas de la carta de Clemente en las, originariamente, páginas en blanco, al final del libro, exactamente tal y como lo había descrito Smith”.

-¡Pues colorín colorado, este cuento se ha acabado!

-¡Que te crees tú eso! ¿¡Que historias como la del evangelio secreto puedan tener un final tan feliz!? ¿Se me permite un inciso?

-¡Lo que me faltaba! ¡Que no sólo eras el sosías de un monje, sino que ahora te reencarnas, mira tú, en un cortesano de Versalles! Y en tal escenario, yo, el rey, se lo permite al súbdito!

-Pues resulta que a este pastel le falta una guinda.

-¡Ah si! ¡Pues a qué esperas para servirla!

-A que te calmes, que se te ve muy alterado.

-No es para menos. Que, en lo que canta un gallo, te he visto hermanado con un monje de un monasterio y ahora con un pastelero cortesano al que le queda por poner una guinda al pastel. ¡Ya me dirás cómo se asume todo eso!

-Pues callándose. Y paso de la guinda.

-¡Que más quisieras! ¡A ponérsela al pastel!

-Estamos todavía, no se te olvide, entre los que buscaban y rebuscaban pruebas para convencer y convencerse de que aquello del evangelio secreto de Marcos había sido una ingeniosa invención de Morton Smith; y hubo quien creyó identificar lo que podía haber sido su inspiración: la novela de un escocés, naturalizado canadiense, James H Hunter, El misterio de Mar Saba, publicada en 1940, que contaba una estratagema de los nazis para dar un golpe mortal, tanto a la religión de los Ingleses como al Imperio Británico.

-¡No me digas! ¿Y qué fue?

-El hallazgo, entre los manuscritos del monasterio de Mar Saba, de un documento, firmado por Nicodemo, en el que confesaba que, debido a un terremoto que había desplazado la piedra que  cerraba la tumba donde estaba enterrado Jesús, él había retirado el cadáver para protegerlo de las alimañas. Por eso las mujeres que habían ido a ungirlo, se la habían encontrado  vacía,  habiendo creído que Jesús había resucitado.

-O sea, que se cargaba la principal creencia del movimiento cristiano, aquella en la que se basaba la de todos los creyentes, que ya Pablo las había vinculado: porque si Cristo no ha resucitado, la creencia en vuestra resurrección es vana; habría escrito, o algo parecido, en no se qué  carta.

-1 Corintos.

-Pues esa. Pero a lo que vamos. Ahora, en el caso del evangelio secreto, se tenía la prueba de  que no era una falsificación.

-¿Ya me dirás por qué?

-¿¡Cómo que ya te diré por qué!?. ¡Si acabas de afirmar que se había encontrado en un estantería el volumen de las cartas de Ignacio, con la de Clemente en las páginas finales! ¿¡Es que me quieres  volver loco!?

-¡Dios me libre! Pero, vamos a ver ¿Qué opinas tú de Morton Smith?

-No sabría qué decirte.

-Pues te resumiré lo que opinaban sus colegas.

-¿Es necesario?

-Ya verás que sí. Pero antes te leo otro párrafo, que también enviaré a Luís con el anterior. “Cogimos el libro y nos volvimos a Jerusalén, y el padre Melitón se lo llevó a la biblioteca. Nosotros esperábamos analizar el manuscrito concienzudamente y contemplábamos un análisis de la tinta. Sin embargo, en la Biblioteca Nacional y en la de Universidad se nos dijo que sólo en las dependencias de la policía había funcionarios con los conocimientos necesarios y los instrumentos para tal análisis. Mas el padre Melitón nos dejó bien claro que no tenían intención de poner en manos de la policía israelí el libro de Vossius”

-Y eso ¿por qué?

-Ni idea. Tal vez porque temían que pudiesen manipular sus contenidos. Pero te leo dos líneas y acabo. Para volverte a preguntar qué opinión te merece Morton Smith. Las últimas líneas de los recuerdos de Stroumsa: “Sólo recientemente, más de un cuarto de siglo después, hablando con colegas estadounidense, me di cuenta de que era `el último profesor occidental vivo´ en haber visto el manuscrito de Clemente; y que tenía el deber de testificar frente a un mundo académico escéptico”. Fin de la cita.

-Pues te repito: “Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

-Y yo te vuelvo a preguntar ¿qué opinas de la competencia de Morton Smith?

-¿Cómo puedo opinar de lo que desconozco?

-Te lo explico. Admitamos, como hipótesis, que Morton Smith ha hecho la falsificación mientras  catalogaba los manuscritos sin nadie a su alrededor. Evidentemente, el texto tenía que parecer, por el vocabulario y la sintaxis,  de Clemente.

-¿Y eso cómo se consigue?

-Muy fácil.

-Lo será para ti.

-Para mí, no. Pero sí para Morton Smith, que tenía a su disposición diccionarios especializados del griego de Clemente y sus modismos, y de  términos que sólo aparecen en sus obras

-¡Así cualquiera!

-Pues por eso que sea imprescindible contar con las páginas de la edición de Vossius para hacer las pruebas necesarias mediante las que comprobar las fechas de la fabricación de la tinta.

-Y la del papel. Aunque si, como se dice, el texto había sido copiado en las páginas en blanco, de poco serviría.

-En efecto. Aunque acaso se podía llegar a determinar con alguna aproximación cuando se había manuscrito el texto, por si lo había sido cuando Morton Smith se movía por la biblioteca del monasterio. En cualquier caso, entre que si sí que si no, el volumen ha vuelto a desaparecer y nadie sabe donde se encuentra.

-Pues lo que es yo también voy a desaparecer en cuanto me digas o me expliques por qué tenía que recordarte lo del Reino de Dios.

-Menos mal, porque a quien se le había olvidado era a mi, cuando es precisamente lo que más me interesa de toda esa historia, de cuando todavía estaba en pañales lo que en no mucho tiempo, menos de un siglo, ya había dado el salto a los gentiles, para quienes el Reino de Dios no tenía que ser  el de la Biblia o readaptarse a sus tradiciones. Más en concreto, el del Génesis.

-Ahora sí que de aquí no me mueve nadie hasta que no me hayas descrito con todo detalle y claridad el  Reino de Dios del Génesis.

-Si no hace falta que te sientes. Si lo sabes. ¿Cuál era el Reino de Dios?

-¡No empecemos con tus preguntas! Dilo y acabemos

-Pero si es muy fácil. Si sólo puede ser uno. ¡Si no había nada más!

-¡Qué tormento! ¿El Paraíso Terrenal?

-¡Pues claro! ¿Qué otra cosa podía ser? ¿Y cómo se estaba en el Paraíso Terrenal?

-¿Tumbados a la bartola?

-Probablemente. Pero, para lo que nos importa, desnudos.

-¿Desnudos?

-Sí. Y para exponértelo con un texto que no sea, por decirlo así, mítico.

-Rápido, que me marcho.

-Pues márchate.

-Eso querrías. Pero no. Antes me lo dices

-La logia 37 del evangelio de Tomás

-¿El encontrado entre los papiros de Nag Hammadi?

-Exactamente. Logia 37. Editado por Antonio Piñero. Escucha: “Sus discípulos dijeron: “¿Qué día te manifestarás a nosotros, y en qué día te veremos?” Jesús dijo: “Cuando os desnudéis y no os avergoncéis, y toméis vuestros vestidos y los pongáis bajo vuestros pies como hacen los niños pequeños, y los pisoteéis, entonces veréis al Hijo del Viviente y no temeréis”.

-¿Y tú lo entiendes como lo entiendo yo?

-¿Y como lo entiendes tú?

-Que se puede vivir aquí y ahora como en el Paraíso Terrenal. Y la consecuencia me da escalofríos y me la callo.

-¿Porque sería reconocer que desaparecía la muerte, como no la había en el Paraíso Terrenal, antes de que  Adam y Eva se avergonzasen de su desnudez?

-¡No! ¡No digas nada! ¡No quiero oírlo! ¡Salgo pitando!

-¡Vaya usted con Dios!

-¡Lo que me faltaba por oír!