Síntomas de José Antonio Durán. La patria del cuervo.
Llevaba años predicándolo a quién me quiso oír. No entendía cómo los hambrientos del pequeño mundo no se echaban sobre lo que llamamos “primer mundo”. Esa especie de muralla patriótico-burocrática que custodian, con sus funcionarios militares, las llamadas fronteras nacionales. De pronto, el asalto se hizo espectacular en nuestra propia frontera. Aquella África que llenó de sueños a tantos compañeros de edad, engaiolados con los discursos de Fanon o el propio Sartre, echaba sobre las alambradas de espino la multitud. Preferían las púas a las promesas patrióticas que los patriotas declamatorios de sus pagos africanos o americanos o… han incumplido de manera sistemática, tras la soñada “independencia”.
Al mismo tiempo, como si hasta los azares tuvieran su propia necesidad, los sectores oficiales del catalanismo militante aprobaban un Estatuto de privilegio, pactado por el mismo Parlamento que privó a Cataluña de uno de los archiveros más serios que he conocido en mi larga vida de investigador. Si fuera sólo Pedro López Gómez, cuya documentación atesoro, la víctima de ese parlamentarismo, hubiera registrado el síntoma, sin llevarlo más lejos en la interpretación; pero llueve sobre mojado en Cataluña.
Sin apartarme un milímetro de nuestro historial, cuántas cosas podría decir. En 1986, no pude llevar a Barcelona la gran exposición conmemorativa del Centenario de Castelao, organizada por el Ministerior de Cultura de España, porque mandaba Maragall en el Ayuntamiento, y no les convenía a los patriotas declamatorios entonces gobernantes meterla en la Virreina, el único espacio donde cabía (¡!). Arcadi Espada, años más tarde, se declaró inocente de la censura, cuando no pude ver publicada en la sección catalana de El País un reportaje sobre la correspondencia catalana de la condesa de Creixell, que el diario me había pedido a su través. Desde hace años, entre los rarísimos impagados con que cuenta este profesional (que sólo vive de su escritura), figura la modesta colaboración en cierta revista catalanista, que ella misma había solicitado… Les confieso que siento vergüenza ajena al relatar lo más reciente. Manuel Portela Valladares, como ahora vamos sabiendo los gallegos, fue el único presidente no catalán que presidió en funciones la Generalitat; el mismo que -como ministro- restableció su funcionamiento. Autor de Memorias y Dietario tan importantes como los importantísimos textos autobiográficos de Cambó (que malicio censurados), vivió toda su vida adulta en Barcelona, metió el catalán como lengua de uso en el Gobierno Civil de su provincia, alentó la Mancomunitat y desmanteló el pistolerismo. Como residente barcelonés, llegó a ser la máxima jerarquía de la masonería de observancia catalana. Pues bien, como nos sucediera con su amigo Castelao, tampoco pudimos animar un recuerdo histórico cuando lo intentamos, siquiera para aclarar su significación. Por si fuera poco significativo ese desinterés, descubrimos entonces, abochornados, que ni siquiera la pomposamente llamada Biblioteca Nacional de Catalunya disponía de esas fuentes ineludibles del saber contemporáneo, publicadas por mi mismo muchos años antes. Con mucho gusto, hice entonces donación gratuita al pueblo catalán (al que estudio con máximo interés, hasta el extremo de sorprender a mis propios colegas catalanes) de esas dos fuentes de su propia historia, por si alguna vez llega a coincidir con él la Biblioteca susodicha… Sabido lo anterior, de Pedro López, de Castelao, de Portela Valladares o de mi mismo, me dirán si puedo pensar en que ese interés que les ha entrado por los papeles que hoy custodia un Archivo salmantino son algo más que el “trágala” del poderío, tan español.
Que una comunidad privilegiada de la vieja Europa, proteccionista desde que Luis López Ballesteros alentó el proteccionismo en tiempos de Fernando VII, protegida por absolutos, relativos, carlistas, liberales, franquistas y demócratas del día, se declare preterida sobre las demás, reclamando deudas pendientes, escandaliza; pero también se entiende… si se quiere entender.
Algunas veces digo que, si tuviera otra vida para vivir, acaso siguiera el consejo de quienes me decían que, en este pequeño mundo, hay que ser funcionario, oportunista y patriota declamatorio al mismo tiempo. Es lo más cómodo y lo más rentable que se puede ser. Observen con atención a los patriotas declamatorios que prosperan a su alrededor con cargo al presupuesto del Estado o de los Estatutos y saquen sus propias conclusiones.
Hace muchos años me llamó la atención esta anécdota que voy a elevar a la categoría de fábula. La incultura patriótica dominante nada sabe de su protagonista, porque desprecia cuanto ignora. José Ramón Fernández (Carballo), jefe indiscutible del progresismo histórico en la provincia de Pontevedra, era cuñado de los Chao y de Juan Compañel. Entre otras muchas cosas fundamentales, fueron ellos los primeros editores de Rosalía y de tantos más. Una institución, incluso en la historia del galleguismo, del que fueron auténticos fundadores. Desterrado en muy distintas ocasiones, batallando siempre por la libertad de todos los demás, José Ramón tuvo que ingeniárselas en Gran Bretaña para vivir y resistir los paréntesis de destierro, con dignidad. Inventó para ello el ciento y la madre de negocios diversos, como hicieron tantos (desde mucho antes de 1936 hasta nuestros días). Alcanzó éxito, sobre todo, en la introducción de los vinos de Jerez, en sociedad con otro progresista gallego de enorme relevancia en ese tráfico, cuyo nombre no viene al caso. A pesar del éxito, cuando la adversidad pasaba, José Ramón volvía sobre sus pasos, retornando junto a los suyos, a la ciudad de Vigo y al progresismo histórico. “¡Cómo es posible, después de tu experiencia y del éxito que estamos cosechando con semejante esfuerzo, que te vayas!”, le dijo el socio. “Nace el cuervo en las piedras, amigo mío, y pía por ellas”, la respuesta.
El patriotismo o se practica en silencio o es retórico. Como el amor, no puede declamarse. El discurso lo perturba. Cuando se vive de la Patria, con excelente salario, y plaza en el Parlamento, declamarse patriota es un escarnio. Incluso sin llegar a tanto, la declamación patriótica agrede a los demás: los patriotas verdaderos, que practican el amor en el tajo cotidiano y en silencio. Concede patente de virtuoso al fraudulento. Y es a dónde quería llegar. La respuesta resulta bella y convincente, cierto; pero es ambigua. Digna del talento de Carballo. Si lo hace el cuervo en el pedregal, es porque lo hace incluso el cuervo. Y no da para tanto el Estatuto patriótico de nunca acabar. A no ser que sea renta eterna del patriotismo burocrático falsificado per in secula seculorum.
Nota: Escrito por José Antonio Durán |