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Palabra y Ensayo: POR UNA GALICIA POLÍGLOTA E INTERNACIONAL: LOS ATLÁNTICOS QUE HICIERON MADRID
Enviado el Thursday, 09 June a las 08:00:00
Tópico: Texto y fotografía

Hace diez años, visitaba por primera y única vez como conferenciante la “Casa de Galicia” de Madrid. Titulaba mi conferencia de manera algo distinta a la indicada: “Futuro europeo y memoria histórica: los atlánticos que hicieron Madrid”.
Este mes, con motivo de las elecciones gallegas y del creciente NO europeo a la Europa de los funcionarios, mantenemos sin retoque alguno lo que dijimos en 1999. Otra prueba, por cierto, del inmovilismo mental reinante y desgobernante de nuestro pequeño mundo.




Por una Galicia políglota e internacional: los atlánticos que hicieron Madrid. Escrito por José Antonio Durán

Hace cinco años los lectores de prensa más atentos al proceso (político) de construcción europea, radicados en determinadas comunidades -caso de Galicia- pudieron ir leyendo en sus periódicos pequeñas gacetillas y reportajes un tanto enigmáticos en los que se hablaba, por primera vez, del Arco Atlántico: "Las regiones del Arco Atlántico -titulaba La Voz de Galicia el 31 de marzo de 1991- se comprometen a elaborar un programa de desarrollo". Meses más tarde esa misma prensa comunitaria del Arco Atlántico comenzó a hablar de Eje Atlántico (cuyos estatutos datan de 1992). Si el Arco hacía alusión a comunidades sitas en Portugal, la España cantábrica, el oeste de Francia e Irlanda fundamentalmente), el Eje interesaba a gobiernos municipales de determinadas ciudades importantes: el triángulo Oporto-Vigo-La Coruña, por ejemplo, aparecía en vanguardia del proceso. A una Europa de comunidades (el Arco) venía a superponerse otra Europa de ciudades (y áreas metropolitanas): el Eje.

Al ocupar -hace ahora un año- nuestro paisano Daniel Varela, diputado por Lugo del Partido Popular, la presidencia del Grupo Atlántico del Parlamento Europeo, supimos que estaba integrado éste por 88 diputados de las más distintas tendencias y que "su misión consistía en el diseño de una política comunitaria para la Europa de las comunidades del llamado Arco Atlántico: el programa Atlantis II, por ejemplo, destinado a cooperación inter-regional; infraestructuras, transportes marítimos, terrestres y aéreos, comunicaciones convencionales, redes de cable, autopistas de información... Galicia, merced a esta presidencia, mejoraba posiciones en el seno del Arco Atlántico y don Manuel Fraga (vicepresidente del mismo) situaba entre las prioridades de la Xunta en política exterior esta atlántica tarea. Asumía, concretamente, la coordinación del Grupo parlamentario con el Comité de Regiones de la Unión Europea.

Porque yo no sé si ustedes saben que nuestras autoridades autonómicas (las gallegas, por ejemplo), participan actualmente en ocho organizaciones inter-regionales diferentes: el Comité de las Regiones, la Conferencia de Regiones Periféricas y Marítimas, la mencionada Comisión del Arco Atlántico, la Asamblea de las Regiones de Europa, la Organización Sur Europa Atlántica, la Asamblea de las Regiones Fronterizas de Europa, la Conferencia Sectorial de Asuntos Comunitarios Europeos y la Conferencia de Poderes Regionales y Locales del Consejo de Europa. Un galimatías (para el ciudadano común) al que todavía hay añadir la Comunidad de Trabajo Galicia‑Norte de Portugal que también vive de la canalización de fondos europeos.

Decisiones de futuro y captación de fondos parece el motivo de la existencia, simultánea, del Arco y el Eje Atlántico. Nacidas por separado, evolucionando cada cual -aunque con discreción- conforme a sus respectivos intereses, esa Europa de las comunidades y de las áreas metropolitanas, dibuja nuevas parcelas de poder territorial que no sólo afectan a lo que se llamaban otrora poderes locales -Ayuntamientos, Diputaciones provinciales- sino a los recientes poderes mesocráticos o autonómicos; pero atañen, más que a nada, a la función de los Estados constituidos, con sus capitales, sus Parlamentos, sus ciudadanos respectivos. Nos afectan, por tanto, plenamente. Sin embargo, a pesar de esa importancia excepcional, los ciudadanos nos sentimos faltos de la más mínima información.

Para asegurarme, pensando en la cita que hoy tenía con ustedes, he revisado en la Biblioteca Nacional de España los índices de los diarios de Madrid y las novedades bibliográficas, confirmando que el Arco y el Eje Atlántico ni siquiera aparecen consignados. A pesar del lujo de medios de comunicación autonómicos y estatales de que disfruta esta Comunidad, ni en la radio ni en la televisión he encontrado el más mínimo tratamiento, como si tal cosa no fuera con nosotros -ya no digo como atlánticos, originarios de cualquier procedencia, aquí radicados- sino como capitalinos y como madrileños.

En mi caso, como historiador social independiente que -pasito a paso-, partiendo del estudio del poder local y provincial más concreto, ha querido acercarse al meollo de esta novísima cuestión, tengo que llegar por fuerza a la primera de mis conclusiones de hoy: es más que urgente -para el futuro de la ciudadanía europea- superar el marco nacionalista de las historias circulantes, revisándolas radicalmente en su proximidad contemporánea. Sólo así, recuperada la memoria inter-nacional, se puede contribuir a que la mentada construcción de la sociedad europea, sea algo más que asunto lejano de políticos, burócratas y mercaderes. Esta conferencia responde a uno de esos encuentros de intercambio intelectual de información, celebrado -a intancias de quien les habla- con el presidente de mi comunidad de origen, don Manuel Fraga, que me hizo el honor de recibirme en esta misma Casa de Galicia. Pero la responsabilidad de todas las opiniones es -ni qué decir- enteramente mía.

* * *

Vayamos, pues, al centro del asunto. Está claro que esa "sorprendente" emergencia al plano político de la cuestión atlántica no es nueva, ni en Galicia, ni en Castilla-León, ni en Extremadura, ni en Andalucía Occidental, ni en Canarias, ni en Portugal, ni en esta comunidad de Madrid...; pero tampoco se trata, propiamente, de un rebrote del pasado. No sólo por la falta -tan absoluta- de información que padecemos, sino porque ahora se produce en un marco explícito de construcción europea. De ahí nuestro interés por desentrañar la hondura de esa nueva tradición inter-nacional que está naciendo al margen (y con el más absoluto desinterés por la historia del asunto y de las áreas afectadas). ¿Qué se entiende, en realidad, por atlántico en el nuevo marco?. Debido al significado de esta Casa, voy a enfocar la cuestión con criterio histórico y dialéctico. Buscaré el encuentro con las formulaciones anteriores; pero desde dos marcos geográficos que parecen a priori territorialmente definidos y distantes: la Galicia atlántica y esta Comunidad que engloba el área metropolitana de Madrid, por donde se engolfan ríos y torrenteras cuyas cuencas irán por siempre a dar -con insondable disciplina milenaria- a la mar de aquel océano.

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Es Galicia, como ustedes saben, un antiquísimo país en el que sus gentes han llegado a nuestros días asumiendo con la mayor normalidad delimitaciones simbólicas que pudieran parecer contradictorias. Finisterre del viejo mundo Mediterráneo, encara al mismo tiempo las primeras brisas marítimas del Atlántico. Como Finisterre, desde hace sólo 120 años (una nada de tiempo) ha ido recuperando -entre otras muchas- la antiquísima tradición europea (rigurosamente perdida entonces) del peregrinar a Compostela, reconvirtiéndola en especie de Jerusalén (turística, pero también simbólica y religiosa) de España, Europa y lo que aún llamamos Occidente. Una operación política de gran alcance histórico (en absoluto conocida, a pesar de la montaña bibliográfica existente sobre el Camino de Santiago). Como me parece, en si misma, harto divertida y reveladora, su anécdota nucleará desde aquí hasta el final mi conferencia. Porque la operación Camino de Santiago comienza con uno de los "inventos" más originales de todos los tiempos: los huesos del Apóstol.

Ustedes mismos, si se muestran interesados en esta historia, pueden reconstruir la insólita invención paso a paso sin salir de esta ciudad, recurriendo a distintos atlánticos, maravillosos, que (procediendo de aquel país) armaron la vida intelectual, artística y hasta el humorismo que pasa por prototípico de Madrid y de Galicia. No busquen sus nombres en el callejero urbano, ni siquiera en las guías habituales de la Villa y Corte, porque (si alguna vez tuvieron calle en la ciudad) fueron cayendo en los sucesivos cambios concejiles, y en la gravísima desmemoria civil que padecemos los españoles de ese pasado -tan próximo, tan reiterativo, tan dramático- que llamamos lo contemporáneo.

Me refiero a personajes como Juan Compañel y a sus cuñados, Alejandro y Eduardo Chao, que nada les dirán probablemente, pero que fueron impresores y editores de alcurnia, capaces de crear industria editorial e informativa en Vigo, La Habana y Madrid al mismo tiempo. Y que, en el caso de Alejandro, se arruinó en el empeño por sacar adelante una Ilustración de Galicia, Asturias y Cantabria en esta Villa y Corte (tan bella, nacida de la tradición atlántica que viene del Semanario Pintoresco Español al Museo Universal y a la excelentísima Ilustración Española y Americana, que aún hoy es una gozada pasar sus páginas). Ineludible cuando se quiere reconstruir la peregrina historia de los huesos de santo susodichos.

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De esas memorables páginas fue primer director un “enanito” inolvidable con chistera, que se pasó en Madrid -nostálgico de su tierra gallega- media juventud y una parte considerable de su longeva madurez, a veces solo, en ocasiones con su esposa, mundialmente renombrada por la merced de sus prosas y versos, escritos -indistintamente éstos- en gallego o castellano. Tan originales e intensos que fueron quienes para competir en el mercado internacional de la cultura desde tiempos en que no había -como hoy- culturas de papel oficial, meramente protegidas por las autoridades y, por ende, reproductivas, profesorales, en sí mismas sospechosas. Por mérito de la rosaliana poesía, pero también (qué duda cabe) de aquellos Chao, que la fueron difundiendo en las revistas, folletones, sellos editoriales a que tenía acceso Eduardo Chao como director editorial de Gaspar y Roig: una empresa madrileña de proyección atlántica, que revolucionó el campo de las ediciones populares españolas con la venta por entregas, desde los años centrales del siglo XIX. Razón, por tanto, de que Rosalía Castro publicara las primeras ediciones de sus libros y versos en el puerto Vigo, La Habana, Madrid y Buenos Aires, que era la antedicha geografía comercial de los Chao y del primer galleguismo propiamente histórico.

Murguía, con o sin Rosalía, se ganaba la vida en Madrid como redactor estrella del Museo Universal, que era la perla gráfica y revisteril de Gaspar y Roig (una revista construida sobre atlánticos patrones traídos a Madrid por los exiliados liberales desde la city londinense (un aire, por cierto, el londinense, que Eduardo Chao -como su siempre admirado Mendizábal- destilaba en la exquisita vestimenta, en los placeres de la mesa, en su apoyo a la pintura y al dibujo de Avendaño o Pradilla, a las óperas del Real, y en otras manías más extravagantes que había ido aprendiendo en viajes profesionales y exilios inevitables que sufrieron aquí los progresistas y los primeros demócratas españoles: se le daba por crear empresas populares de Seguros contra desgracias tan seguras como los incendios, las enfermedades y los entierros (empresas que -es el caso de la Unión (y el Fénix)- llegaron -tal cual las peregrinaciones a Compostela- a nuestros días); manías, también, como la de echar a andar la industria farmacéutica madrileña, el asociacionismo y la prensa profesional de los boticarios, o hacer la revolución liberal-democrática (contra los púlpitos tronantes, los confesonarios o los carlistas armados, a través -natural- de chozas clandestinas como la de los carbonarios o de boticas de confianza tan famosas como la de su padre, José María Chao: el más célebre y acometedor de los boticarios liberales gallegos, inventor entre otros ingenios -según el general Eguía, su implacable perseguidor, lisiado para siempre como consecuencia de ella- de la primera carta-bomba de que consta noticia, fabricada en el lejano 1829).

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Trabajando infinidad de colaboradores intelectuales, llegados a Madrid de todos los confines, para un atlántico de esta envergadura, se entiende que no sólo la lengua gallega (y el galleguismo consiguiente) se difundiera en los influyentes medios de comunicación que venía creando la revolución liberal en Madrid y en provincias, sino el madrileñismo, el españolismo, el iberismo e incluso el internacionalismo: esto es, las primeras formas históricas (revolucionarias, en algún caso) de atlantismo político.

Eduardo acabó por ser todo eso, sin la menor contradicción: anglófilo, galleguista, madrileñista, españolista, iberista, republicano, demócrata y políglota en una pieza. En la rebotica viguesa de los Chao, la primera fuente de información era el Times de Londres, porque el viejo José María -como los demás integrantes del célebre Batallón Literario- hicieron de principio a fin la Guerra de la Independencia (tan mal llamada así, precisada de urgente revisión) en los ejércitos inter-nacionales de España, Portugal y Gran Bretaña, entrando en Francia -al son de gaitas y tamboriles, luciendo en el pecho la Cruz del Santiago Mata-Franceses y Mata-Afrancesados. Bajo el mando del duque de Wellington.

Regresaron, pues, a Galicia hablando -sin mayores problemas- entre tres y cinco lenguas vivas: castellano, inglés, francés, gallego y portugués. Un capitalazo instrumental que pasó -con su imponente leyenda- a sus hijos y a sus nietos. Lenguas que éstos lucieron en Madrid, cuando fueron llegando a esta Villa y Corte como consecuencia de la fronda revolucionaria liberal que Inglaterra -la pérfida del absolutismo- atizaba desde el mar atlántico, a través de lo que hoy se llama -no por casualidad- el Eje Atlántico (Oporto-Vigo-Ferrol-Coruña). Con don de lenguas y credenciales para viejos conocidos de su casa o de aquella rebotica: la condesa de Espoz y Mina, el valido de Espartero o el inmenso Mendizábal. Y ese es el fondo de cultura progresista, iberista, internacional, que traspira la obra de esos retoños, entusiastas de Galicia, España, Inglaterra y Portugal, la tierra de asilo de sus mayores y de ellos mismos: los Chao, Concepción Arenal, Pastor Díaz, Rosalía Castro, Pepito Hermida, entre tantos y tantos como se fueron estableciendo aquí, y construyendo (a golpe de piqueta) el nuevo Madrid desde el kilómetro cero... Esa es su tradición; pero la de Murguía, no.

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También él era -cómo no- políglota. Vasco por parte de madre, aun siendo su padre boticario en Compostela -íntimo de José María Chao- fue abandonando su originario progresismo con la lectura en la prensa internacional de otras corrientes ideológicas, casi siempre en contradicción con las liberales. No es que fuera inventor del celtismo que aún hoy se predica de ciertas comunidades atlánticas -como Galicia- insertas en estados europeos de mayor ámbito; tampoco difudió en exclusiva ese diferencialismo (tuvo amplia erudición del eslavismo, por ejemplo); pero es cierto que llegó a creer firmemente en la relación inevitable entre raza, lengua, cultura e identidad nacional.

Como el centralismo liberal andaba en gestación, entendió también (durante muchos años) que la culpa exclusiva de todos los males de su patria lejana estaba en la pérdida de aquellos amigos de su juventud, ganados para siempre por esta ciudad de Madrid, llamada a ser kilómetro cero de una España inorgánica. Porque ya había libertades, se discutía el centralismo más tierno -casi inexistente-, pero que ya servía para difundir -a través de la prensa de Madrid- sus mensajes célticos, anticentralistas. Establecido definitivamente en Galicia, viudo para siempre, Murguía tuvo el mérito de escribir -para todos los gallegos del mundo- Los precursores, un libro -muy bello- de memorias, donde hay mucho que leer sobre Madrid, el centralismo y el galleguismo de los nuevos galleguistas de Galicia, en contraposición con aquellos precursores liberales de los viejos tiempos.

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Desde Murguía a Manolo Rivas, pasando por las Irmandades da Fala, Ben-Cho-Sey, Novoneyra, los amigos del grupo Brais Pinto, Borobó, Celso Emilio Ferreiro, los artistas de Atlántida, Visión Celta, etc. etc. resulta imposible entender el galleguismo o el nacionalismo gallego, sin el referente de Madrid, a cuyo prestigio intelectual -como ciudad abierta a todas las provincias- contribuyeron al propio tiempo los atlánticos (no sólo gallegos) de manera sumamente destacada. Pasa, sin embargo, que esta evidencia no sólo no se reconoce hoy (en Galicia), sino que -paradójicamente- tampoco se conoce en Madrid. Un lujo cultural que sólo consienten los pueblos enfermos del mal más peligroso: la desmemoria, el cultivo (político) del olvido.

Al fin, tras una batalla de muchos años (que hemos venido librando casi en solitario) las historias más recientes de Galicia van asumiendo la capital contribución (siempre negada, por sectores dominantes del galleguismo clásico) de la emigración gallega, radicada en las Américas (no sólo del exilio antifranquista); pero ese reconocimiento todavía hace más llamativa la ausencia total de una historia apasionante por contar. Esta que hoy se inicia en esta Casa: la centrada en los atlánticos (gallegos... andaluces, extremeños, castellanos, asturianos, canarios, etc) que hicieron Madrid desde las trágicas horas, tan madrileñas, del dos de mayo de 1808.

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¿Cómo es posible que los atlanticos gallegos -de Madrid o de Galicia- mantengamos semejante laguna, "olvidando" incluso nuestras propias trayectorias biográficas? Seré claro y distinto: por seguidismo y desinformación. Por seguidismo, sobre todo, de los modelos nacionalistas de Cataluña y Euskadi, donde ha pesado siempre el componente carlista y absolutista, ausente casi por completo -hasta fases muy tardías- del galleguismo histórico; por desinformación, acerca de lo que fue la revolución liberal (la única; de la que continuamos viviendo todos); pero también desinformación sobre las graves dificultades relacionales entre esos movimientos nacionalistas, con relegamiento pertinaz de Galicia siempre que se intentaron. Desde Brañas o Castelao a nuestros días.

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Hablaba del dos de mayo. Aunque prometo demostrarlo con rotundidad, permítanme que les adelante esta "sorprendente" conclusión de mi trabajo. Contra lo que se cree, el peso de los caídos de ese día nacidos en Madrid sobre los venidos de provincias, sólo es del 30,5%. Al contemplar la trágica reconstrucción de Goya hay que saber que casi tres de cada cuatro figuras goyescas, nacieron fuera de Madrid. Son asturianos y lugueses, sobre todo: dos áreas fronterizas y atlánticas. Como atlánticos fueron los muertos y heridos en su inmensa mayoría, si se incluyen los madrileños.

El apoyo atlántico a iniciativas galleguistas de avanzada liberal como aquella Ilustración que causó la ruina de Alejandro Chao, tampoco deja de ser orientativa. Pasa -cómo no- por Asturias y Galicia; pero encuentra máximo apoyo en La Habana, Buenos Aires y Madrid. Y significativa curiosidad en toda la España Atlántica, con la excepción de Euskadi. En las cuatro provincias catalanas -qué revelador- La Ilustración tuvo los mismos suscriptores que en una sola ciudad de la Andalucía atlántica: Sevilla...

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Porque la idea (excepcional, aunque fracasada por prematura, de esta revista) de ir abriendose (desde Madrid) a Galicia, Asturias, Cantabria, buscando articular (culturalmente) la España atlántica desde un centro de información tiene (hoy más que nunca) calado de futuro, pensando en esa construcción de Europa. Y Galicia, si navega en tal sentido, tiene también -en nuestro concepto- todo que ganar y nada que perder. Nos lo muestran a diario los artistas y los músicos de inspiración atlántica...

Para ello hay que revisar radicalmente toda la concepción lingüística del galleguismo tardío, recuperando el poliglotismo de los fundadores atlánticos del galleguismo histórico. Y ese es, contra lo que se predica, el máximo homenaje a la lengua gallega, porque ésta, además de su afinidad con la portuguesa, ha demostrado que sabe convivir con el castellano (enriqueciéndolo). Ahora la vieja y entrañable lengua proletaria tiene que cumplir un servicio más a su país: conducirnos (sin mengua de su singularidad) al uso cultivado del portugués, sin descuidar el uso cultivado (tal como se viene haciendo) del castellano y de una cuarta lengua exterior: inglés o la que sea. ¡Tres o cuatro lenguas atlánticas!.

¿Cómo despreciar esa riqueza plurilingüe y curricular que nuestra gente mama en la cuna, sin sacarle partido en beneficio de ella, dada la importancia incomparable del castellano y el portugués en el mercado mundial de lo que sea? ¿Haría tal cosa, si tuviera posibilidad comparable, el nacionalismo catalán, el vasco, el escocés, el bretón, el corso o el afgano...? ¿Cómo van a entenderlo los europeos, si no lo entiende la atlántica memoria de quien ha gozado de la amistad de Eduardo Blanco Amor, Luis Seoane o los Dieste, plurilingües de avanzada galleguista, radicados (como nosotros) en todas las riberas del Océano o en Madrid?.

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¿Quién teme a su memoria de Madrid? ¿Con qué se llena esa amnesia autobiográfica?.

El caso de nuestro Vicente Risco, primer ideólogo (en su etapa nacional-galleguista) del atlantismo gallego, parece revelador. No sólo por renegar del pasado madrileño. Converso de sí mismo tantas veces, se cita su construcción de la antítesis que aquí más nos interesa. La que consiste en enfrentar -contra la evidencia- lo mediterráneo (caduco), con lo atlántico: el futuro, la vanguardia... ¿Qué vanguardia? ¿La que consiste en desempolvar, como el hace, el mito de la Atlántida?.

En el viejo fichero de la Biblioteca Nacional de España, además de la ausencia de estudios acerca del atlantismo (viejo o nuevo), encontrarán ustedes más de un centenar de textos multidiversos, producidos por doquier, sobre ese mito del continente perdido... El país de las guerras civiles y de los atentados cruciales que no sirvieron para nada, es también el de los mitos seudo-intelectuales. Porque yo -entiéndaseme bien- no estoy contra los mitos, ni contra las construcciones nacionales o inter-nacionales, porque -al tratar de ser creativo reconstructor de historias- sé que todas lo son: la de España y del atlantismo, también; pero sí que estoy contra que se nos haga comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino, colando las construcciones como si re-construcciones fueran... para poner puertas al campo abierto del pensamiento. Y para tirar, llegado el caso, de la fe irónica del viejo refranero de Castilla: "Como creo en lo que invento, no me parece que miento"...

* * *

Volvamos, pues, a la atlántica memoria de Madrid con otras invenciones: la prometida de los huesos del Santo Apóstol, por ejemplo.

Si las Ilustraciones son fuente -incluso gráfica- para su reconstrucción, la lectura de El Globo resulta ineludible para entender su trasfondo.

Alma del célebre portavoz madrileño de Castelar fue Alfredo Vicenti (el único don Alfredo del excelente periodismo madrileño de entresiglos; “El Maestro”, el lanzador -entre máximos talentos- del primer Valle-Inclán o el primer Castelao): otro de tantos desterrados de Galicia que -como Eduardo Chao o el inmenso Luis Taboada- se escondieron en Madrid y murieron aquí, haciendo historia y leyenda íntima de la Villa y Corte. Republicano federal e iberista, iconoclasta por entonces, Vicenti tuvo que vérselas -muy joven- ¡en Compostela! con un cardenal-arzobispo de armas tomar. Justo, el estratega del invento.

Ya comprenderán con qué atención siguió el acontecimiento. Leerlo hoy -en su prosa- es una gozada manifiesta. Pues bien: sin dejar de ser quien era, Vicenti acabó siendo el mejor biógrafo del cardenal, por pura admiración hacia el talento indiscutible del prelado. Y es así que, metida la invención en el campo de las mejores tradiciones gráficas, humorísticas y literarias del progresismo madrileño, el tema duró medio siglo. Esta es la versión más tardía que conozco. La prosa irónica pertenece a una historieta en cuatro cuadros que Luis Bagaría publicó en El Sol:

Un gran sabio arqueólogo fue llamado por el cardenal Payá a Compostela para ver si descubría el sepulcro de Santiago Apóstol, pues se habían hecho muchas tentativas para ello y nada./ Pero este sabio de fama universal empezó a trabajar con tanto entusiamo e inteligencia que un buen día encontró el sepulcro del santo/ y no digamos nada del entusiasmo que despertó tal encuentro. Hubo grandes fiestas en honor del sabio, y en una de ellas el propio alcalde de Santiago dijo: -Ah, señores, mirad si será sabio, que yo creo que si llega a hacer más hondo el hoyo encuentra hasta el caballo!".

El cardenal Payá (que era alicantino) no encontró el caballo de Santiago Apóstol, pero sí los restos de otros dos santos mártires. Tras hazaña semejante -con el aplauso de Cánovas y Sagasta, la mediación de Eugenio Montero Ríos y el nihil obstat del Papa de Roma (León XIII, nada menos)- se operaron en Galicia, en España y en Europa prodigios simultáneos a la reorientación mundial de las peregrinaciones católicas.

Los nacional-católicos españoles, por ejemplo, más papistas que el papa, a pesar del arreglo político de éste con el Estado Italiano en lo que hace a la llamada cuestión romana, mataban dos pájaros de un tiro haciendo -cada año- romarías, esto es, peregrinaciones a Roma para reclamar la devolución del poder temporal a los Papas, condenando cualquier forma de liberalismo. El invento de los huesos de Santiago Apóstol, unido al patriótico rigor españolista del santo, obró el prodigio de escindir -ya para siempre- a los carlistas de los integristas. Desde entonces, sólo los montaraces seguidores de Ramón Nocedal peregrinaron a Roma, donde no les recibía ni el Papa. Los integristas de Pidal, dejaron las romerías anuales por las visitas a Compostela cada año jubilar; pero, entre tanto, se aliaron con don Antonio Cánovas, estabilizando el llamado sistema canovista...

* * *

Una operación inter-nacional de tal calado no hubiera podido tener lugar sin otra previa, igual de desconocida, fraguada por los mismos en el Noroeste atlántico. El cardenal Payá, aconsejado esta vez por el matemático Vázquez Queipo (otro artífice del kilómetro cero de la España inorgánica), dispuso con su primo -el conde de Toreno, junior, señorito del bellísimo pazo gallego de Oca, ministro a la sazón de Cánovas- el establecimiento (en el gallego paraje de Camposancos, fronterizo con Portugal) de la primera Universidad Católica y la primera Universidad Pontificia de la historia liberal de España. El marqués de Comillas se las llevó (años más tarde) -por su pecunio e intereses- a Deusto y a Comillas. Los cruzados de la Compañía de Jesús y el Papa, beneficiados con ambas Universidades, hubieron de consentir a cambio -durante medio siglo- la existencia simultánea alternativa de la enseñanza láica y del Partido Liberal, aglutinado por el atlántico Sagasta (viejo contertulio progresista de los Chao). Nació así la célebre Institución Libre de la Enseñanza, cuyo primer rector, Montero Ríos -además del don lenguas vivas, sabía latín-, teniendo por tesorero a Eduardo Chao...

* * *

La atlántica Galicia, que parecía tan cerrada, delimitada y lejana, se nos metió en Madrid (con el Apóstol y los estudiantes de élite de casi todas las Españas, educados o por los padres jesuitas o por los láicos padres de la Institución Libre). Y ya casi entrevemos lo que pasó después... Mas es el caso que los diarios madrileños del viejo centralismo, a pesar de su falta de medios, se preocupaban de todas estas cuestiones peregrinas del finisterre atlántico, tan nacionales como inter-nacionales. Informaban de ellas a los ciudadanos, cada día. Hoy, bien por el contrario, cuando he querido echar mano de la prensa, la radio, la televisión más evolucionada de la capital de una España descentralizada y autonómica, para armar de ideas el futuro atlántico que se nos está construyendo Dios sabe dónde y cómo, me he encontrado -como se dice- más solo que la una. ¿Por qué será?



Nota: Escrito por José Antonio Durán

 
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