Hace cinco años los lectores de prensa más atentos al proceso (político)
de construcción europea, radicados en determinadas comunidades
-caso de Galicia- pudieron ir leyendo en sus periódicos pequeñas
gacetillas y reportajes un tanto enigmáticos en los que se hablaba, por
primera vez, del Arco Atlántico: "Las regiones del Arco Atlántico
-titulaba
La Voz de Galicia
el 31 de marzo de 1991- se comprometen a elaborar un programa de
desarrollo". Meses más tarde esa misma prensa comunitaria del
Arco Atlántico comenzó a hablar de Eje Atlántico (cuyos
estatutos datan de 1992). Si el Arco hacía alusión a
comunidades sitas en Portugal, la España cantábrica, el oeste de
Francia e Irlanda fundamentalmente), el Eje interesaba a
gobiernos municipales de determinadas ciudades importantes: el
triángulo Oporto-Vigo-La Coruña, por ejemplo, aparecía en vanguardia del
proceso. A una Europa de comunidades (el Arco) venía a
superponerse otra Europa de ciudades (y áreas metropolitanas):
el Eje.
Al ocupar -hace ahora un año- nuestro paisano Daniel Varela, diputado
por Lugo del Partido Popular, la presidencia del Grupo Atlántico del
Parlamento Europeo, supimos que estaba integrado éste por 88
diputados de las más distintas tendencias y que "su misión consistía en
el diseño de una política comunitaria para la Europa de las comunidades
del llamado Arco Atlántico: el programa Atlantis II, por ejemplo,
destinado a cooperación inter-regional; infraestructuras,
transportes marítimos, terrestres y aéreos, comunicaciones
convencionales, redes de cable, autopistas de información... Galicia,
merced a esta presidencia, mejoraba posiciones en el seno del Arco
Atlántico y don Manuel Fraga (vicepresidente del mismo) situaba entre
las prioridades de la Xunta en política exterior esta atlántica
tarea. Asumía, concretamente, la coordinación del Grupo parlamentario
con el Comité de Regiones de la Unión Europea.
Porque yo no sé si ustedes saben que nuestras autoridades autonómicas
(las gallegas, por ejemplo), participan actualmente en ocho
organizaciones inter-regionales diferentes: el Comité de las
Regiones, la Conferencia de Regiones Periféricas y Marítimas, la
mencionada Comisión del Arco Atlántico, la Asamblea de las Regiones de
Europa, la Organización Sur Europa Atlántica, la Asamblea de las
Regiones Fronterizas de Europa, la Conferencia Sectorial de Asuntos
Comunitarios Europeos y la Conferencia de Poderes Regionales y Locales
del Consejo de Europa. Un galimatías (para el ciudadano común) al que
todavía hay añadir la Comunidad de Trabajo Galicia‑Norte de Portugal que
también vive de la canalización de fondos europeos.
Decisiones de futuro y captación de fondos parece el motivo de la
existencia, simultánea, del Arco y el Eje Atlántico.
Nacidas por separado, evolucionando cada cual -aunque con discreción-
conforme a sus respectivos intereses, esa Europa de las comunidades y de
las áreas metropolitanas, dibuja nuevas parcelas de poder territorial
que no sólo afectan a lo que se llamaban otrora poderes locales
-Ayuntamientos, Diputaciones provinciales- sino a los recientes
poderes mesocráticos o autonómicos; pero atañen, más que a
nada, a la función de los Estados constituidos, con sus
capitales, sus Parlamentos, sus ciudadanos respectivos. Nos afectan, por
tanto, plenamente. Sin embargo, a pesar de esa importancia excepcional,
los ciudadanos nos sentimos faltos de la más mínima información.
Para asegurarme, pensando en la cita que hoy tenía con ustedes, he
revisado en la Biblioteca Nacional de España los índices de los diarios
de Madrid y las novedades bibliográficas, confirmando que el Arco
y el Eje Atlántico ni siquiera aparecen consignados. A pesar del
lujo de medios de comunicación autonómicos y estatales de que
disfruta esta Comunidad, ni en la radio ni en la televisión he
encontrado el más mínimo tratamiento, como si tal cosa no fuera con
nosotros -ya no digo como atlánticos, originarios de cualquier
procedencia, aquí radicados- sino como capitalinos y como madrileños.
En mi caso, como historiador social independiente que -pasito a
paso-, partiendo del estudio del poder local y provincial más
concreto, ha querido acercarse al meollo de esta novísima cuestión,
tengo que llegar por fuerza a la primera de mis conclusiones de hoy: es
más que urgente -para el futuro de la ciudadanía europea- superar
el marco nacionalista de las historias circulantes, revisándolas
radicalmente en su proximidad contemporánea. Sólo así, recuperada la
memoria inter-nacional, se puede contribuir a que la mentada
construcción de la sociedad europea, sea algo más que asunto
lejano de políticos, burócratas y mercaderes. Esta conferencia responde
a uno de esos encuentros de intercambio intelectual de información,
celebrado -a intancias de quien les habla- con el presidente de mi
comunidad de origen, don Manuel Fraga, que me hizo el honor de recibirme
en esta misma Casa de Galicia. Pero la responsabilidad de todas las
opiniones es -ni qué decir- enteramente mía.
* * *
Vayamos, pues, al centro del asunto. Está claro que esa "sorprendente"
emergencia al plano político de la cuestión atlántica no es
nueva, ni en Galicia, ni en Castilla-León, ni en Extremadura, ni en
Andalucía Occidental, ni en Canarias, ni en Portugal, ni en esta
comunidad de Madrid...; pero tampoco se trata, propiamente, de un
rebrote del pasado. No sólo por la falta -tan absoluta- de información
que padecemos, sino porque ahora se produce en un marco explícito de
construcción europea. De ahí nuestro interés por desentrañar la
hondura de esa nueva tradición inter-nacional que está naciendo
al margen (y con el más absoluto desinterés por la historia del asunto y
de las áreas afectadas). ¿Qué se entiende, en realidad, por atlántico
en el nuevo marco?. Debido al significado de esta Casa, voy a enfocar la
cuestión con criterio histórico y dialéctico. Buscaré el
encuentro con las formulaciones anteriores; pero desde dos marcos
geográficos que parecen a priori territorialmente definidos y
distantes: la Galicia atlántica y esta Comunidad que engloba el área
metropolitana de Madrid, por donde se engolfan ríos y torrenteras cuyas
cuencas irán por siempre a dar -con insondable disciplina milenaria- a
la mar de aquel océano.
* * *
Es Galicia, como ustedes saben, un antiquísimo país en el que sus gentes
han llegado a nuestros días asumiendo con la mayor normalidad
delimitaciones simbólicas que pudieran parecer contradictorias.
Finisterre del viejo mundo Mediterráneo, encara al mismo
tiempo las primeras brisas marítimas del Atlántico. Como Finisterre,
desde hace sólo 120 años (una nada de tiempo) ha ido recuperando
-entre otras muchas- la antiquísima tradición europea (rigurosamente
perdida entonces) del peregrinar a Compostela, reconvirtiéndola en
especie de Jerusalén (turística, pero también simbólica y religiosa) de
España, Europa y lo que aún llamamos Occidente. Una operación
política de gran alcance histórico (en absoluto conocida, a pesar de
la montaña bibliográfica existente sobre el Camino de Santiago). Como me
parece, en si misma, harto divertida y reveladora, su anécdota nucleará
desde aquí hasta el final mi conferencia. Porque la operación Camino
de Santiago comienza con uno de los "inventos" más originales de
todos los tiempos: los huesos del Apóstol.
Ustedes mismos, si se muestran interesados en esta historia, pueden
reconstruir la insólita invención paso a paso sin salir de esta
ciudad, recurriendo a distintos atlánticos, maravillosos, que
(procediendo de aquel país) armaron la vida intelectual, artística y
hasta el humorismo que pasa por prototípico de Madrid y de Galicia. No
busquen sus nombres en el callejero urbano, ni siquiera en las guías
habituales de la Villa y Corte, porque (si alguna vez tuvieron calle en
la ciudad) fueron cayendo en los sucesivos cambios concejiles, y en la
gravísima desmemoria civil que padecemos los españoles de ese
pasado -tan próximo, tan reiterativo, tan dramático- que llamamos lo
contemporáneo.
Me refiero a personajes como Juan Compañel y a sus cuñados, Alejandro y
Eduardo Chao, que nada les dirán probablemente, pero que fueron
impresores y editores de alcurnia, capaces de crear industria editorial
e informativa en Vigo, La Habana y Madrid al mismo tiempo. Y que, en el
caso de Alejandro, se arruinó en el empeño por sacar adelante una
Ilustración de Galicia, Asturias y Cantabria en esta Villa y Corte
(tan bella, nacida de la tradición atlántica que viene del Semanario
Pintoresco Español al Museo Universal y a la excelentísima
Ilustración Española y Americana, que aún hoy es una gozada pasar
sus páginas). Ineludible cuando se quiere reconstruir la
peregrina historia de los huesos de santo susodichos.
* * *
De esas memorables páginas fue primer director un “enanito” inolvidable
con chistera, que se pasó en Madrid -nostálgico de su tierra gallega-
media juventud y una parte considerable de su longeva madurez, a veces
solo, en ocasiones con su esposa, mundialmente renombrada por la merced
de sus prosas y versos, escritos -indistintamente éstos- en gallego o
castellano. Tan originales e intensos que fueron quienes para competir
en el mercado internacional de la cultura desde tiempos en que no
había -como hoy- culturas de papel oficial, meramente
protegidas por las autoridades y, por ende, reproductivas,
profesorales, en sí mismas sospechosas. Por mérito de la
rosaliana poesía, pero también (qué duda cabe) de aquellos Chao, que
la fueron difundiendo en las revistas, folletones, sellos editoriales a
que tenía acceso Eduardo Chao como director editorial de Gaspar y
Roig: una empresa madrileña de proyección atlántica, que revolucionó
el campo de las ediciones populares españolas con la venta por
entregas, desde los años centrales del siglo XIX. Razón, por tanto,
de que Rosalía Castro publicara las primeras ediciones de sus libros y
versos en el puerto Vigo, La Habana, Madrid y Buenos Aires, que era la
antedicha geografía comercial de los Chao y del primer galleguismo
propiamente histórico.
Murguía, con o sin Rosalía, se ganaba la vida en Madrid como redactor
estrella del Museo Universal, que era la perla gráfica y
revisteril de Gaspar y Roig (una revista construida sobre
atlánticos patrones traídos a Madrid por los exiliados liberales desde
la city londinense (un aire, por cierto, el londinense, que
Eduardo Chao -como su siempre admirado Mendizábal- destilaba en la
exquisita vestimenta, en los placeres de la mesa, en su apoyo a la
pintura y al dibujo de Avendaño o Pradilla, a las óperas del Real, y en
otras manías más extravagantes que había ido aprendiendo en viajes
profesionales y exilios inevitables que sufrieron aquí los progresistas
y los primeros demócratas españoles: se le daba por crear empresas
populares de Seguros contra desgracias tan seguras como los incendios,
las enfermedades y los entierros (empresas que -es el caso de la Unión
(y el Fénix)- llegaron -tal cual las peregrinaciones a Compostela- a
nuestros días); manías, también, como la de echar a andar la industria
farmacéutica madrileña, el asociacionismo y la prensa profesional de los
boticarios, o hacer la revolución liberal-democrática (contra los
púlpitos tronantes, los confesonarios o los carlistas armados, a través
-natural- de chozas clandestinas como la de los carbonarios
o de boticas de confianza tan famosas como la de su padre, José María
Chao: el más célebre y acometedor de los boticarios liberales gallegos,
inventor entre otros ingenios -según el general Eguía, su implacable
perseguidor, lisiado para siempre como consecuencia de ella- de la
primera carta-bomba de que consta noticia, fabricada en el lejano
1829).
* * *
Trabajando infinidad de colaboradores intelectuales, llegados a Madrid
de todos los confines, para un atlántico de esta envergadura, se
entiende que no sólo la lengua gallega (y el galleguismo
consiguiente) se difundiera en los influyentes medios de comunicación
que venía creando la revolución liberal en Madrid y en
provincias, sino el madrileñismo, el españolismo, el
iberismo e incluso el internacionalismo: esto es, las
primeras formas históricas (revolucionarias, en algún caso) de
atlantismo político.
Eduardo acabó por ser todo eso, sin la menor contradicción: anglófilo,
galleguista, madrileñista, españolista, iberista,
republicano, demócrata y políglota en una pieza. En
la rebotica viguesa de los Chao, la primera fuente de información era el
Times de Londres, porque el viejo José María -como los demás
integrantes del célebre Batallón Literario- hicieron de principio
a fin la Guerra de la Independencia (tan mal llamada así,
precisada de urgente revisión) en los ejércitos inter-nacionales de
España, Portugal y Gran Bretaña, entrando en Francia -al son de gaitas y
tamboriles, luciendo en el pecho la Cruz del Santiago Mata-Franceses y
Mata-Afrancesados. Bajo el mando del duque de Wellington.
Regresaron, pues, a Galicia hablando -sin mayores problemas- entre tres
y cinco lenguas vivas: castellano, inglés, francés, gallego y portugués.
Un capitalazo instrumental que pasó -con su imponente leyenda- a sus
hijos y a sus nietos. Lenguas que éstos lucieron en Madrid, cuando
fueron llegando a esta Villa y Corte como consecuencia de la fronda
revolucionaria liberal que Inglaterra -la pérfida del
absolutismo- atizaba desde el mar atlántico, a través de lo que hoy
se llama -no por casualidad- el Eje Atlántico (Oporto-Vigo-Ferrol-Coruña).
Con don de lenguas y credenciales para viejos conocidos de su
casa o de aquella rebotica: la condesa de Espoz y Mina, el valido de
Espartero o el inmenso Mendizábal. Y ese es el fondo de cultura
progresista, iberista, internacional, que traspira la
obra de esos retoños, entusiastas de Galicia, España, Inglaterra y
Portugal, la tierra de asilo de sus mayores y de ellos mismos: los Chao,
Concepción Arenal, Pastor Díaz, Rosalía Castro, Pepito Hermida, entre
tantos y tantos como se fueron estableciendo aquí, y construyendo (a
golpe de piqueta) el nuevo Madrid desde el kilómetro cero...
Esa es su tradición; pero la de Murguía, no.
* * *
También él era -cómo no- políglota. Vasco por parte de madre, aun siendo
su padre boticario en Compostela -íntimo de José María Chao- fue
abandonando su originario progresismo con la lectura en la prensa
internacional de otras corrientes ideológicas, casi siempre en
contradicción con las liberales. No es que fuera inventor del
celtismo que aún hoy se predica de ciertas comunidades atlánticas
-como Galicia- insertas en estados europeos de mayor ámbito; tampoco
difudió en exclusiva ese diferencialismo (tuvo amplia erudición del
eslavismo, por ejemplo); pero es cierto que llegó a creer firmemente
en la relación inevitable entre raza, lengua, cultura e identidad
nacional.
Como el centralismo liberal andaba en gestación, entendió también
(durante muchos años) que la culpa exclusiva de todos los males de su
patria lejana estaba en la pérdida de aquellos amigos de su
juventud, ganados para siempre por esta ciudad de Madrid, llamada a ser
kilómetro cero de una España inorgánica. Porque ya había
libertades, se discutía el centralismo más tierno -casi
inexistente-, pero que ya servía para difundir -a través de la
prensa de Madrid- sus mensajes célticos, anticentralistas.
Establecido definitivamente en Galicia, viudo para siempre, Murguía tuvo
el mérito de escribir -para todos los gallegos del mundo- Los
precursores, un libro -muy bello- de memorias, donde hay
mucho que leer sobre Madrid, el centralismo y el galleguismo de los
nuevos galleguistas de Galicia, en contraposición con aquellos
precursores liberales de los viejos tiempos.
* * *
Desde Murguía a Manolo Rivas, pasando por las Irmandades da Fala, Ben-Cho-Sey,
Novoneyra, los amigos del grupo Brais Pinto, Borobó, Celso Emilio
Ferreiro, los artistas de Atlántida, Visión Celta, etc.
etc. resulta imposible entender el galleguismo o el nacionalismo
gallego, sin el referente de Madrid, a cuyo prestigio intelectual -como
ciudad abierta a todas las provincias- contribuyeron al
propio tiempo los atlánticos (no sólo gallegos) de manera sumamente
destacada. Pasa, sin embargo, que esta evidencia no sólo no se
reconoce hoy (en Galicia), sino que -paradójicamente- tampoco se
conoce en Madrid. Un lujo cultural que sólo consienten los pueblos
enfermos del mal más peligroso: la desmemoria, el cultivo
(político) del olvido.
Al fin, tras una batalla de muchos años (que hemos venido librando casi
en solitario) las historias más recientes de Galicia van asumiendo la
capital contribución (siempre negada, por sectores dominantes del
galleguismo clásico) de la emigración gallega, radicada en las Américas
(no sólo del exilio antifranquista); pero ese reconocimiento todavía
hace más llamativa la ausencia total de una historia apasionante por
contar. Esta que hoy se inicia en esta Casa: la centrada en los
atlánticos (gallegos... andaluces, extremeños, castellanos, asturianos,
canarios, etc) que hicieron Madrid desde las trágicas horas, tan
madrileñas, del dos de mayo de 1808.
* * *
¿Cómo es posible que los atlanticos gallegos -de Madrid o de Galicia-
mantengamos semejante laguna, "olvidando" incluso nuestras propias
trayectorias biográficas? Seré claro y distinto: por seguidismo y
desinformación. Por seguidismo, sobre todo, de los
modelos nacionalistas de Cataluña y Euskadi, donde ha pesado siempre
el componente carlista y absolutista, ausente casi por completo
-hasta fases muy tardías- del galleguismo histórico; por
desinformación, acerca de lo que fue la revolución liberal
(la única; de la que continuamos viviendo todos); pero también
desinformación sobre las graves dificultades relacionales entre esos
movimientos nacionalistas, con relegamiento pertinaz de Galicia siempre
que se intentaron. Desde Brañas o Castelao a nuestros días.
* * *
Hablaba del dos de mayo. Aunque prometo demostrarlo con
rotundidad, permítanme que les adelante esta "sorprendente" conclusión
de mi trabajo. Contra lo que se cree, el peso de los caídos de ese
día nacidos en Madrid sobre los venidos de provincias, sólo es del
30,5%. Al contemplar la trágica reconstrucción de Goya hay que saber que
casi tres de cada cuatro figuras goyescas, nacieron fuera de Madrid. Son
asturianos y lugueses, sobre todo: dos áreas fronterizas y atlánticas.
Como atlánticos fueron los muertos y heridos en su inmensa mayoría, si
se incluyen los madrileños.
El apoyo atlántico a iniciativas galleguistas de avanzada liberal como
aquella Ilustración que causó la ruina de Alejandro Chao, tampoco
deja de ser orientativa. Pasa -cómo no- por Asturias y Galicia; pero
encuentra máximo apoyo en La Habana, Buenos Aires y Madrid. Y
significativa curiosidad en toda la España Atlántica, con la excepción
de Euskadi. En las cuatro provincias catalanas -qué revelador- La
Ilustración tuvo los mismos suscriptores que en una sola ciudad de
la Andalucía atlántica: Sevilla...
* * *
Porque la idea (excepcional, aunque fracasada por prematura, de esta
revista) de ir abriendose (desde Madrid) a Galicia, Asturias, Cantabria,
buscando articular (culturalmente) la España atlántica desde un centro
de información tiene (hoy más que nunca) calado de futuro, pensando en
esa construcción de Europa. Y Galicia, si navega en tal sentido,
tiene también -en nuestro concepto- todo que ganar y nada que perder.
Nos lo muestran a diario los artistas y los músicos de inspiración
atlántica...
Para ello hay que revisar radicalmente toda la concepción lingüística
del galleguismo tardío, recuperando el poliglotismo de los fundadores
atlánticos del galleguismo histórico. Y ese es, contra lo que se
predica, el máximo homenaje a la lengua gallega, porque ésta,
además de su afinidad con la portuguesa, ha demostrado que sabe
convivir con el castellano (enriqueciéndolo). Ahora la vieja y
entrañable lengua proletaria tiene que cumplir un servicio más a
su país: conducirnos (sin mengua de su singularidad) al uso cultivado
del portugués, sin descuidar el uso cultivado (tal como se
viene haciendo) del castellano y de una cuarta lengua exterior:
inglés o la que sea. ¡Tres o cuatro lenguas atlánticas!.
¿Cómo despreciar esa riqueza plurilingüe y curricular que nuestra gente
mama en la cuna, sin sacarle partido en beneficio de ella, dada la
importancia incomparable del castellano y el portugués en el mercado
mundial de lo que sea? ¿Haría tal cosa, si tuviera posibilidad
comparable, el nacionalismo catalán, el vasco, el escocés, el bretón, el
corso o el afgano...? ¿Cómo van a entenderlo los europeos, si no lo
entiende la atlántica memoria de quien ha gozado de la amistad de
Eduardo Blanco Amor, Luis Seoane o los Dieste, plurilingües de avanzada
galleguista, radicados (como nosotros) en todas las riberas del Océano o
en Madrid?.
* * *
¿Quién teme a su memoria de Madrid? ¿Con qué se llena esa amnesia
autobiográfica?.
El caso de nuestro Vicente Risco, primer ideólogo (en su etapa nacional-galleguista)
del atlantismo gallego, parece revelador. No sólo por renegar del
pasado madrileño. Converso de sí mismo tantas veces, se cita su
construcción de la antítesis que aquí más nos interesa. La que consiste
en enfrentar -contra la evidencia- lo mediterráneo (caduco), con
lo atlántico: el futuro, la vanguardia... ¿Qué vanguardia? ¿La
que consiste en desempolvar, como el hace, el mito de la Atlántida?.
En el viejo fichero de la Biblioteca Nacional de España, además de la
ausencia de estudios acerca del atlantismo (viejo o nuevo),
encontrarán ustedes más de un centenar de textos multidiversos,
producidos por doquier, sobre ese mito del continente perdido... El país
de las guerras civiles y de los atentados cruciales que no sirvieron
para nada, es también el de los mitos seudo-intelectuales. Porque yo
-entiéndaseme bien- no estoy contra los mitos, ni contra las
construcciones nacionales o inter-nacionales, porque -al
tratar de ser creativo reconstructor de historias- sé que todas
lo son: la de España y del atlantismo, también; pero sí que estoy
contra que se nos haga comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino,
colando las construcciones como si re-construcciones
fueran... para poner puertas al campo abierto del pensamiento. Y para
tirar, llegado el caso, de la fe irónica del viejo refranero de
Castilla: "Como creo en lo que invento, no me parece que miento"...
* * *
Volvamos, pues, a la atlántica memoria de Madrid con otras
invenciones: la prometida de los huesos del Santo Apóstol, por ejemplo.
Si las Ilustraciones son fuente -incluso gráfica- para su
reconstrucción, la lectura de El Globo resulta ineludible para
entender su trasfondo.
Alma del célebre portavoz madrileño de Castelar fue Alfredo Vicenti (el
único don Alfredo del excelente periodismo madrileño de
entresiglos; “El Maestro”, el lanzador -entre máximos talentos- del
primer Valle-Inclán o el primer Castelao): otro de tantos desterrados
de Galicia que -como Eduardo Chao o el inmenso Luis Taboada- se
escondieron en Madrid y murieron aquí, haciendo historia y leyenda
íntima de la Villa y Corte. Republicano federal e iberista, iconoclasta
por entonces, Vicenti tuvo que vérselas -muy joven- ¡en Compostela! con
un cardenal-arzobispo de armas tomar. Justo, el estratega del invento.
Ya comprenderán con qué atención siguió el acontecimiento. Leerlo hoy
-en su prosa- es una gozada manifiesta. Pues bien: sin dejar de ser
quien era, Vicenti acabó siendo el mejor biógrafo del cardenal, por
pura admiración hacia el talento indiscutible del prelado. Y es así que,
metida la invención en el campo de las mejores tradiciones gráficas,
humorísticas y literarias del progresismo madrileño, el tema duró medio
siglo. Esta es la versión más tardía que conozco. La prosa irónica
pertenece a una historieta en cuatro cuadros que Luis Bagaría publicó en
El Sol:
Un gran sabio arqueólogo fue llamado por el
cardenal Payá a Compostela para ver si descubría el sepulcro de
Santiago Apóstol, pues se habían hecho muchas tentativas para ello y
nada./ Pero este sabio de fama universal empezó a trabajar con tanto
entusiamo e inteligencia que un buen día encontró el sepulcro del
santo/ y no digamos nada del entusiasmo que despertó tal encuentro.
Hubo grandes fiestas en honor del sabio, y en una de ellas el propio
alcalde de Santiago dijo: -Ah, señores, mirad si será sabio, que yo
creo que si llega a hacer más hondo el hoyo encuentra hasta el
caballo!".
El cardenal Payá (que era alicantino) no encontró el caballo de Santiago
Apóstol, pero sí los restos de otros dos santos mártires. Tras hazaña
semejante -con el aplauso de Cánovas y Sagasta, la mediación de Eugenio
Montero Ríos y el nihil obstat del Papa de Roma (León XIII, nada
menos)- se operaron en Galicia, en España y en Europa prodigios
simultáneos a la reorientación mundial de las peregrinaciones católicas.
Los nacional-católicos españoles, por ejemplo, más papistas que el papa,
a pesar del arreglo político de éste con el Estado Italiano en lo que
hace a la llamada cuestión romana, mataban dos pájaros de un tiro
haciendo -cada año- romarías, esto es, peregrinaciones a Roma
para reclamar la devolución del poder temporal a los Papas, condenando
cualquier forma de liberalismo. El invento de los huesos de Santiago
Apóstol, unido al patriótico rigor españolista del santo, obró el
prodigio de escindir -ya para siempre- a los carlistas de los
integristas. Desde entonces, sólo los montaraces seguidores de Ramón
Nocedal peregrinaron a Roma, donde no les recibía ni el Papa. Los
integristas de Pidal, dejaron las romerías anuales por las
visitas a Compostela cada año jubilar; pero, entre tanto, se
aliaron con don Antonio Cánovas, estabilizando el llamado sistema
canovista...
* * *
Una operación inter-nacional de tal calado no hubiera podido tener lugar
sin otra previa, igual de desconocida, fraguada por los mismos en el
Noroeste atlántico. El cardenal Payá, aconsejado esta vez por el
matemático Vázquez Queipo (otro artífice del kilómetro cero de la
España inorgánica), dispuso con su primo -el conde de Toreno, junior,
señorito del bellísimo pazo gallego de Oca, ministro a la sazón de
Cánovas- el establecimiento (en el gallego paraje de Camposancos,
fronterizo con Portugal) de la primera Universidad Católica y la primera
Universidad Pontificia de la historia liberal de España. El marqués de
Comillas se las llevó (años más tarde) -por su pecunio e intereses- a
Deusto y a Comillas. Los cruzados de la Compañía de Jesús y el Papa,
beneficiados con ambas Universidades, hubieron de consentir a cambio
-durante medio siglo- la existencia simultánea alternativa de la
enseñanza láica y del Partido Liberal, aglutinado por el atlántico
Sagasta (viejo contertulio progresista de los Chao). Nació así la
célebre Institución Libre de la Enseñanza, cuyo primer rector, Montero
Ríos -además del don lenguas vivas, sabía latín-, teniendo
por tesorero a Eduardo Chao...
* * *
La atlántica Galicia, que parecía tan cerrada, delimitada y lejana, se
nos metió en Madrid (con el Apóstol y los estudiantes de élite de casi
todas las Españas, educados o por los padres jesuitas o por los
láicos padres de la Institución Libre). Y ya casi entrevemos lo que pasó
después... Mas es el caso que los diarios madrileños del viejo
centralismo, a pesar de su falta de medios, se preocupaban de todas
estas cuestiones peregrinas del finisterre atlántico, tan
nacionales como inter-nacionales. Informaban de ellas a los ciudadanos,
cada día. Hoy, bien por el contrario, cuando he querido echar mano de la
prensa, la radio, la televisión más evolucionada de la capital de una
España descentralizada y autonómica, para armar de ideas el
futuro atlántico que se nos está construyendo Dios sabe dónde y cómo, me
he encontrado -como se dice- más solo que la una. ¿Por qué será?