Hace siglo y medio Roberto Robert, que era un joven activista demócrata,
fue llevado por la autoridad a la cárcel que los madrileños llamaban
del Saladero. El casino del hampa, por así decir. Era una
venganza y una lección que el Gobierno de turno quiso dar al naciente
escritor revolucionario. Quería que aprendiera el oficio de gobernar
entre los delincuentes populares más abigarrados. Fue entonces cuando
descubrió que era en el Rastro donde habían comenzado la carrera la
mayoría de los inquilinos. Esto es: confirmaba en El Saladero lo
que todos sabemos. Que se trata del más democrático de los mercados. Un
lugar donde no operan los ladrones de cuello blanco, salvo que vayan
disfrazados.
Hoy no creo que exista una conexión tan estrecha; pero la idea de que en
el Rastro todos somos iguales; que allí nos atracamos los unos a los
otros, no deja de ser sugestiva. Un juego similar al del timador y el
timado. ¿Quién niega que todos ofrecemos o buscamos gangas? Lo hacemos,
por supuesto, porque … “haberlas, hailas”. La gracia, dar con ellas.
Así pues, al considerarme allí ni mejor ni peor que mis iguales, me
empeño en difundir desde hace años esta boutade de mi propia
marca: “Voy más tranquilo al Rastro que al Corte Inglés”. Frente al
atraco con precio fijo, casi prefiero el regateo. Hoy, con todo, quiero
contarles la única experiencia propia que parece contradecir por
completo mi boutade.
Hojeaba libros curiosos, viejo placer, en el área más nutrida de esta
clase de género. En un país donde ni siquiera se lee con fruición
nuestra Cueva de Zaratustra, resulta que en el Rastro la gente
se agolpa en torno a ellos, aunque no pase casi nunca del ojeo.
Como es de todos bien sabido, la multitud agolpada o la soledad relativa
tiene su parte de culpa, porque crea el ambiente. Forma parte del
atraco. Sin aglomeración, el carterista es casi inconcebible. Y fue así
que, bien rodeado, noté que me andaban urgando en el bolsillo trasero
del pantalón. No es que me quisieran tocar el culo, porque se fueron
justo a donde suelo llevar la cartera-monedero. Apliqué entonces a la
situación la flema que recomiendo para hacer frente a tales situaciones.
Me dio tiempo incluso a buscar apoyo en una ocurrencia de Castelao. Dije
de súbito, en alta voz: “¿Qué me está metiendo en el bolsillo, amigo
mío?”. ¡Fue Troya! La gente que me circundaba se echó al unísono sobre
el atracador. Como si éste, al mismo tiempo que a mi, hubiera metido su
mano en todos y cada uno de los bolsillos circundantes.
Fue así como, al igual que sucede en tantas historias literarias de
bandidos, el atracado (que era yo) había hecho prisionero al atracador.
¡Y con una cita de humorista!. Merecía premio. Pero la que se estaba
liando era peor.
“Tranquilos”, tuve que decir. “No robó nada”. “Es un carterista en
prácticas. Aún no es profesional”. El muchacho, que eso era, estaba
lívido. Era la más pura encarnación del pinchota de la época.
Pero esa evidencia no aminoraba –antes al contrario, encorajinaba más-
al respetable. De pronto, aprovechando el pequeño desconcierto que
sembraron mis palabras, pegó un tirón y echó a correr. Se volvió a lo
lejos, dirigiéndome algo así como una mirada triste...
Jamás he vuelto a verlo y nunca me volvió a suceder nada parecido.
Después de tantos años, sin haber vivido otra incidencia, comprenderán
por qué me reafirmo en la boutade. Incluso recuerdo con cierta
melancolía aquel instante en que fui atracado, atraqué al atracador y
contribuí a su libertad, haciendo de abogado del Diablo.
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