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Blog de Ultratumba: EL CABALLERO DE LA MADRUGADA
Enviado el Thursday, 30 October a las 06:21:43
Tópico: Texto y fotografía
Grabación Económica de Eventos

Los lectores de LA CUEVA DE ZARATUSTRA van a vivir con el texto que hoy rescatamos del olvido una doble experiencia: el sabor de la crónica (entre literaria e informativa) que practicaban a vuela pluma los viejos cronistas, y una pequeña intriga. Merced a ella, se encontrarán de pronto con el maestro que potenció el género en la prensa española. Un viejo conocido de estas páginas.

Miguel Ángel Buil Pueyo localizó este texto en Panorama errante (Imprenta de La Mañana, Madrid, 1917). Un libro tan poco frecuentado como el autor: Alejandro Bermúdez González (18¿?-1921), Alejandro Ber. Fundador y director de El Criticón, redactaba La Mañanaal escribirlo. Olvidado por completo, el pequeño relato da idea de la degradación que ha sufrido el periodismo español en nuestros críticos y politizados días.

Que disfruten. ¡Con la que está cayendo, buena falta hace!

Zaratustra.








Iluminar la cueva para leer



El Caballero de la Madrugada
Por Alejandro Ber

Todos los amaneceres, invariablemente, al salir de la redacción de La Mañana, me encontraba en la calle del Barquillo con un caballero de porte magnífico, elegante y altivo, casi casi majestuoso. Con paso firme, el talle recto y la cabeza muy erguida, cruzaba a mi lado y se perdía en la lontananza de la calle.

Desde el primer encuentro la figura de aquel hombre me interesó vivamente, y en mi imaginación compuse tres o cuatro novelas fantásticas, de las cuales él era el protagonista.

Desde luego, aquel gran señor se retiraba a su palacio, después de haber pasado la noche en un Círculo aristocrático y de haber asistido a todas las diversiones mundanas.

Sin miedo a error ninguno, aquel caballero era un aristócrata de rancio abolengo, tal vez algún descendiente de una familia Real, un privilegiado de la Fortuna, sin más preocupación que la de gozar amplia y libremente de sus rentas y de la vida...

Tiritando de frío bajo mi raída capa, agobiado por el embrutecedor trabajo de la redacción, yo envidiaba a aquel altivo señor que se cruzaba conmigo, haciéndome pensar en las irritantes desigualdades sociales.

-Viene de gozar y va a descansar -me decía-; en cambio, yo vengo de sufrir y voy a helarme a mi humilde camaranchón.

En mis días negros, trágicos, desesperantes, al cruzarme con aquel señor, llegué hasta la blasfemia. ¡Qué erguido, qué majestuoso! ¡Cómo se conoce que sobre él no pesan ni las agobiadoras fatigas del trabajo ni las amargas preocupaciones de la miseria!

Una madrugada, en contra de mi costumbre, salí acompañado de la redacción por un grupo de periodistas. En la calle del Barquillo nos cruzamos con el que yo ya había bautizado, poniéndole por nombre EI Caballero de la Madrugada, y mi estupefacción fue gran­de cuando vi que mis compañeros, al tiempo de saludarle, le cedían respetuosamente la acera. Pero mi estupefacción fue mayor, cuando a mis preguntas respondieron mis camaradas:

-¡Ah!, ¿Pero usted no conoce a ese señor? Pues ese señor es D. Alfredo Vicenti, director de EI Liberal.

En efecto: el caballero de la madrugada era D. Alfre­do Vicenti, el maestro de periodistas, el poeta exquisito, aureolado por la fama y respetado por su honradez y por su caballerosidad intachable.

D. Alfredo se cruzaba conmigo después de haber trabajado durante toda la noche en la redacción de El Liberal. Después de haber trasladado a las blancas cuartillas una de aquellas prosas brillantes en las cuales no se sabía que admirar más, si su construcción perfecta o la profundidad y certeza de sus pensamientos y de sus ideas.

Pero el Infatigable trabajador, uno de los pocos caracteres de la España decadente, daba muestras de su temple pasando ante mi, recto, estirado, muy pulcro, con su altiva cabeza erguida, pisando varonilmente, dejando a su paso una sensación de fuerza moral y física confortadora.

Mi admiración por D. Alfredo, que ya era muy gran­de, creció más. Y una madrugada, al cruzarme con él, le cedí respetuosamente la acera y destoqué en su honor mi cabeza.

El Caballero de la Madrugada, sin conocerme, me devolvió el saludo.

Pasado algún tiempo, alguien me preguntó quién era aquel señor, y yo respondí sin titubear:

-Un gran caballero, un gran aristócrata.

Y eso era y eso fue el maestro D. Alfredo Vicenti: un gran señor, un gran caballero de raza que poseía un enorme patrimonio ideal, allá en las lejanas y bellas regiones del espíritu…



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Nota: Escrito por Alejandro Ber

 
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