Vayamos directos, pues, a esta particularidad histórica. Esto es: al mismo inicio del proceso de futbolización de España. La era ecológica del fútbol, cuando éste se jugaba en los campos y no se podía presenciar a toda hora en las televisiones, sencillamente porque éstas no habían nacido para los españolitos todavía.
El modelo cinematográfico
Leamos con atención una fuente de prestigio, muy bien informada (Diccionario Espasa, suplemento 1942-1944):
Ingentes muchedumbres acuden cada domingo a nuestros espaciosos terrenos de juego. El C. de F. Barcelona ha visto en estos años últimos ensancharse sus tribunas y graderías al extremo de convertirse en uno de los mejores campos del mundo. Madrid ha empezado ya sus obras para la construcción de un inmenso estadio de fútbol…
Tal y como el Nuevo Estado del general Franco hiciera con el cine y los cinematógrafos con anterioridad, creando un tentador mercado interior, el fútbol va a canalizar en la posguerra internacional otra sorprendente ofensiva inversionista hacia los estadios. Los fabulosos fichajes y las truculentas nacionalizaciones de jugadores extranjeros de máximo nivel (esto es: la creación de un mercado futbolístico internacional, con centro en la España de Franco, análogo al star system cinematográfico de Cifesa o Suevia Films-Cesáreo González) no sería siquiera concebible sin esa incisiva política de infraestructuras. Razón por cierto de que un arquitecto, Javier Barroso Sánchez-Guerra (de resonantes apellidos, ligados al palacio del Pardo y al Real Madrid), pero guardameta histórico del Atlético militarizado, asumiese la responsabilidad.
Los poli-milis del general Franco
Hermano del general Antonio Barroso (figura relevante de la guerra y el Nuevo Estado), Javier estaba ligado (a través de aquél, precisamente) a la Casa Militar del Generalísimo, cuya jefatura ostentaba el legendario general Moscardó y de la que formaban parte los nuevos agentes de la política de espectáculos del régimen.
A pesar de haber sido atlético, Javier Barroso (por lo antedicho) no despertaba sospechas, dado que los Sánchez-Guerra habían presidido en la República el Madrid (sin Real, como es lógico, pero nutrido de los mismos monárquicos de toda la vida). Será este Barroso atlético, en definitiva, quien meta (con la complacencia del Taller de Espectáculos del Pardo) a Santiago Bernabeu en la presidencia del Real y en el proyecto más ambicioso del fútbol español: el Estadio de Chamartín.
El general Moscardó y Cesáreo González
Los eruditos del cine español se ponen de los nervios cuando esos historiadores de fuste muestran por lo claro los entresijos políticos del cine y sus cánones proteccionistas de cada tiempo histórico. Y otro tanto ocurre con los eruditos del fútbol y de la mejor Liga del mundo. Son partidarios, sobre todo, de que no se relacionen los dos opios, sabiamente relacionados en la realidad y en la historia. Desde los bastidores del poder hasta el famoso cánon de nuestros días. Pero los hechos son tan teimudos como Cesáreo González.
El hombre de Suevia Films y Moscardó (futuro presidente éste de Cine Español S. A.), compartían aficiones y devociones, llamadas a tener importancia en el mundo deportivo y cinematográfico. Los hermanos Salvador Merino, sus antiguos compañeros de viaje, poli-milis bien implantados hasta 1941 en Galicia y en Madrid, como consecuencia de los acontecimientos internacionales (final del Pacto Germano-Soviético, cese fulminante de Gerardo Salvador Merino como legendario delegado nacional de Sindicatos), desaparecieron del escenario político y deportivo para siempre. Cesáreo y Moscardó, no. Continuaron pesando en el mundo del espectáculo y en el Taller del Generalísimo. Tanto en el fútbol como en el cine.
La futbolización de España
Toda la vida deportiva –no sólo el fútbol- dependía del Pardo, a través del dedo totalitario del general Moscardó. Así pues, en conexión con la Casa –civil y militar- de Franco, los resultados de esa política (maginativa y contundente) de cines y estadios fueron pronto espectaculares.
En los primeros años de franquismo, según cálculos creíbles, los madrileños reservaban para la diversión el domingo, casi en exclusiva. En ese día, el cine (60.000 espectadores) llevaba la palma; le seguía el fútbol (20.000). Así las cosas, en los meses finales de la Guerra civil internacional, el proyecto Bernabeu de construir un estadio con capacidad para ¡100.000 espectadores!, en dos fases, pareció locura. Se repetiría el argumento, una y otra vez; pero esa clase de locura venía siendo clave explicativa de la progresión histórica de clubes mucho más modestos. Dentro y fuera de España. Era el punto de vista gallego de los Salvador Merino (estadio de Riazor) y, sobre todo, de Cesáreo González, dirigente histórico del Celta (estadio de Balaídos) y gestor único del fútbol galaico desde 1935 (y, por ende, en la decisiva retaguardia galaico-portuguesa de la guerra civil). Desde entonces, Cesáreo compartía esa idea con poderosos personajes, hoy olvidados, de cuyo ambiente procedía: Agustín Muñoz Grandes, Gerardo Salvador Merino, el general Aranda (caídos los tres en desgracia) y Moscardó, que mantenía todo su poderío.
Del fútbol ecológico al “fútbol Zp, con patatas”
Todos conocemos el remate de aquella disputa madrileña del 43. Inaugurado el estadio que hoy llamamos Santiago Bernabeu en 1948, como símbolo del nuevo fútbol español, Chamartín (70.000 localidades, 40.000 socios) quedó pequeño en siete años. Tras el truculento fichaje de Di Stéfano, Bernabeu hubo de entrar en la segunda fase hasta ofertar las 100.000 localidades prometidas. Pero con el Barça (su crítico más incisivo del 43) sucedía otro tanto, y en 1954 el renovado equipo de Kubala puso la primera piedra a otro templo colosal: el Camp Nou.
La locura de la futbolización de España -con la apuesta por el fútbol-espectáculo- se hizo realidad... ¡en siete años!. Porque no era sólo el Madrid y el Barcelona. A pesar de los intensos destrozos causados por la guerra en las canchas preexistentes, la oferta de localidades de los clubs punteros -comparada con 1936 (=100)- pasó del 150 de 1948 al 337 de diez años más tarde, triplicando con mucha amplitud aquel aforo.
Si ustedes lo prefieren: contra lo que se afirma de continuo en las historietas circulantes de los eruditos y políticos retrospectivos, el cine sólo fue rebasado por el fútbol en esta segunda fase del franquismo (1947-1956)... Pero –digámoslo clarito también- aquella locura, que es la que vivimos en nuestra mocedad, no es nada comparada con la que vivimos ahora, en la vejez, cuando todos los días nos dan el consabido platito televisivo de fútbol con patatas. Opio debidamente reactualizado, del mismo aire envenenado que respiramos de continuo en los más diversos campos del juego político (y desinformativo) del día a día. Así.
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