Si entonces el marco elegido para el acto institucional fue el Congreso de los Diputados, con la presencia de todo el Consello da Cultura Galega desplazado al efecto, bajo la presidencia de Carlos Casares (D.E.P.), el de ahora se ha celebrado en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, bajo la presidencia de la ministra de Educación, antigua investigadora del ramo y amiga nuestra desde lejanos tiempos: Mercedes Cabrera.
LA CUEVA DE ZARATUSTRA se suma hoy a esta conmemoración presentándoles el capítulo de apertura del libro de Victor Olmos, sin ponerle moños ni adjetivos. Como todos los libros de investigación que merecen tal nombre, su interés se demuestra en la lectura.
Zaratustra
¡NACE LA ASOCIACIÓN DE LA PRENSA DE MADRID!
Por Víctor Olmos
El siglo XIX está dando sus últimas boqueadas, y el número de hombres y mujeres que ejercen de periodistas en Madrid es bastante reducido.
No llegan a doscientos los gacetilleros, reporteros, noticieros, articulistas políticos sociales y literarios, críticos de teatro, deportes o toros y colaboradores de todo tipo, incluso escritores de cuentos y folletones, que participan en la redacción de los veinticuatro diarios y en la del casi medio centenar de publicaciones que se editan en la capital de España.
Éstos forman un conglomerado bohemio y variopinto. La mayoría son aspirantes a escritores o escritores fracasados, muchos buscan en el ejercicio de la profesión un salvoconducto para medrar en la vida política y sólo unos pocos sienten la auténtica vocación periodística de informar.
Comentó el diplomático y escritor español Ramiro de Maeztu que a finales de siglo "de los doscientos escritores que redactaban los diarios madrileños, apenas una docena había hecho del periodismo su profesión definitiva, mientras que para los demás era el camino hacia una meta política. Y un importante estudioso de la prensa española de finales del siglo XIX, Antonio Espina, está de acuerdo:
La profesión periodística, abierta a todo el que quería abordarla, era camino que conducía a los altos cargos de la política, a la fortuna y a la posición social. No a todos, naturalmente, sino a una minoría reducida. De aquí el deslumbramiento que solía producir el ejercicio destacado del periodismo, sobre todo del periodismo político.
La cuestión social y el periodista
Efectivamente, a punto de entrar en el siglo xx, todavía es bastante usual que muchos de los altos cargos de la administración del Estado, ministros e incluso jefes de Gobierno, sean experiodistas. Sin ir más lejos, Antonio Cánovas del Castillo y Práxedes Mateo Sagasta, los dos prohombres que se suelen alternar en la presidencia del gobierno durante estos años conocidos como de la Restauración porque, tras la Primera República (1873-1874), se ha reinstaurado en España la dinastía borbónica en la figura de Alfonso XII, habían comenzado su andadura pública en los diarios La Patria y La Iberia, respectivamente.
No obstante, las cosas comenzaban a cambiar. Desde que, a mediados de siglo, llegan al mercado periódicos del tipo de La Correspondencia de España (1858) y de El Imparcial (1867), independientes de los partidos políticos y principalmente informativos, cobra vida en el mundo de la prensa, como señala la historiadora María Cruz Seoane, la figura del "periodista profesional que no es ni aspira a ser más que periodista".
Es cierto que éstos son aún muy pocos, pero el cambio se ha iniciado. Lo que, sin embargo, todavía sucede es que muchos de estos esforzados informadores, para poder llegar a fin de mes, se ven obligados a aceptar prebendas económicas, secretas y vergonzantes, que les facilitan los "fondos de reptiles" de los Ministerios y de los Ayuntamientos (se cuenta que algunos figuraban en las nóminas de organismos estatales como barrenderos, ujieres o incluso faroleros) o de ambiciosos y deshonestos caciques políticos... siempre que escriban, o callen, al dictado.
Contaría Espina:
Desde luego, el periodista o el escritor de entonces, a poco que destacase, rara vez quedaba huérfano de la ayuda oficial. Sin necesidad de acudir a bajos procedimientos, lograba un empleo en cualquier Ministerio, al que no iba nunca a trabajar, pero sí puntualmente a cobrar el sueldo todos los primeros de mes.
A pesar de toda esta picaresca, la realidad es que los que se benefician de estas ayudas son excepciones. Una inmensa mayoría de los que ejercen el periodismo en Madrid son pobres de solemnidad y acuden diariamente a los famosos cafés Fornos, Suizo o El Imperial y al Ateneo y al Casino, no sólo en busca de noticias, sino, muy a menudo, en busca de una invitación a merendar que calme su habitual hambruna.
La pobreza y el desánimo en que suelen vivir éstos está muy bien reflejada en los atrabiliarios y bohemios Max Estrella y don Latino de Hispalis, personajes de la comedia bárbara Luces de Bohemia, que el escritor Ramón María del Valle Inclán va a publicar a comienzos del siglo que está a punto de nacer. Y la verdad es que esta penuria y esta desesperanza están justificadas: los emolumentos de los afortunados periodistas que reciben algún sueldo (hay un sinnúmero que trabaja sin paga alguna) oscilan entre las 75 y las 125 pesetas al mes... paupérrima soldada que, para más inri, casi nunca se cobra puntualmente. Son ingresos tan reducidos -y tan inseguros- que muchos los califican de "sueldos de hambre", por lo que es muy corriente que algunos mueran en la miseria y hayan de ser enterrados gracias a la beneficencia municipal.
Es cierto que a los periódicos, cada vez más influyentes, se les comienza a denominar "el cuarto poder". Es verdad que una crónica, un editorial o una información aguda y perspicaz puede desarbolar un proyecto político e incluso hacer descabalgar a un alto funcionario, a un ministro o incluso a un jefe de gobierno. Pero eso no significa que los periodistas sean, en líneas generales, apreciados por la sociedad. Les llaman, despectivamente, "los chicos de la prensa", a la menor oportunidad, les detienen, les encarcelan y les procesan por supuestos delitos de imprenta, y, como ninguna ley laboral les protege, son despedidos impunemente, cuando le pete al empresario para el que trabajan.
Están solos y desunidos. Y lo peor es que no tienen conciencia de clase. Comenta el profesor José Altabella:
En esa época finisecular, los periodistas trabajaban sin espíritu corporativo que les uniese, sin un sentido gregario de compañerismo, sin ninguna defensa como clase laboral. Faltaba una entidad aglutinante de la profesión, una conciencia representativa, un escudo contra la adversidad. En aquella época el periodista estaba al aire, como un funámbulo sin red, viviendo a todo riesgo, al puro milagro cotidiano de su quehacer, cambiando el oro de su energía intelectual por la calderilla de su necesidad.
Prehistoria del proceso asociativo
Los periodistas madrileños son perfectamente conscientes de ello, y saben que es preciso hacer algo para promover algún tipo de asociación que sirva para unirles, para protegerles económica y socialmente y, sobre todo para dignificar de alguna manera la actividad de la que malviven.
Algo se había intentado hacer en los últimos años, pero los proyectos no eran lo ambiciosos que se pretendía o no acababan de cuajar.
Existía en Madrid una "Asociación de Escritores y Artistas", que había sido creada, en 1872, por el fundador del diario La Correspondencia de España, Manuel María de Santa Ana, marqués de Santa Ana, pero en ella se agrupaban periodistas, escritores y artistas varios.
Es cierto que en algunas provincias españolas habían comenzado a surgir asociaciones compuestas únicamente por periodistas, como "La Liga de la Prensa Malagueña", en 1877; la "Asociación de Periodistas de Alicante", en 1882; la "Asociación de la Prensa de Málaga", en 1884; el "Sindicato de Prensa de Valladolid", en 1886; y la "Asociación de Periodistas de Barcelona", en 1887. Pero los profesionales madrileños seguían sin ningún paraguas corporativo bajo el que protegerse.
En 1889, el decano de los periodistas de Madrid, el malagueño Andrés Borrego, de 87 años, que había fundado El Español y dirigido El Correo Nacional, abanderó un proyecto de un Sindicato de la Prensa en el que participaron los directores de hasta una docena y media de diarios madrileños. Encargaron a Mariano Araús, director de El Liberal, Alfredo Vicenti, director de El Globo, Andrés Mellado, director de El Imparcial, Eduardo de Santa Ana, director de La Correspondencia de España, y Alfredo Escobar, marqués de Valdeiglesias, director de La Época, llevar a cabo un estudio en profundidad, pero éste, tras varias reuniones completamente infructuosas, nunca vio la luz. El periodista e historiador Pedro Gómez Aparicio da algunas razones que pueden justificar el hecho de que este proyecto se viniera abajo:
Es posible que dos hechos, reveladores de la división partidista de esa prensa, malograsen el intento: el enfrentamiento entre periódicos "sensatos" e "insensatos" a propósito del turbio "Crimen de la calle de Fuencarral", y la formación de la denominada "Coalición de la Prensa republicana", que alentaba igualmente la intención de crear un sindicato que no tuvo efectividad jamás.
Fueran cuales fuesen las razones, el caso es que, desde entonces, nada se había hecho, que el tiempo iba pasando y que cada vez se percibía como más urgente y necesario hacer algo. Pero ¿qué?
El director de El Globo, Alfredo Vicenti, que ya había participado en la fracasada comisión encargada del estudio de un sindicato en 1889, decide, seis años después, enfrentarse, de una vez por todas, cara a cara, con el problema.
¿Qué le mueve a ello? Una carta, recibida a comienzos de febrero de 1895, en la que un periodista le pide que "mire hacia adentro de una profesión muy necesitada de solidarizarse, sobre todo, con la desgracia de quienes -habiendo practicado el periodismo- sufrían el común infortunio del olvido, la enfermedad y la muerte, quedando en el más riguroso desamparo” (cfr. en José Antonio Durán, Alfredo Vicenti, “El Maestro” por excelencia del periodismo español, 172)
La carta a Vicenti vuelve a poner sobre la mesa el abandono en que viven sus colegas y compañeros de la capital, y le hace comprender que es cada vez más urgente que los periodistas se agrupen. Conoce los fracasados intentos que ha habido, sabe que va a enfrentarse a todo tipo de dificultades, pero su sentido de la responsabilidad le dice que, a pesar de todo, hay que luchar.
Desde muy pequeño, está acostumbrado a hacerlo.
Vicenti (su auténtico apellido era Vicente, clásico apellido inclusero que le impusieron en el hospicio donde le llevó su madre soltera nada más nacer y que él, en su juventud, decidió italianizar) era un médico, nacido en Santiago de Compostela, en 1850, que había abandonado la medicina por el periodismo, en 1872. Comenzó su andadura reporteril en el periódico republicano El Diario de Santiago, donde rápidamente llegó a redactor-jefe, y poco después a director. En 1879, ya un consumado periodista político en su región natal, decidió trasladarse a Madrid. Quería probarse a sí mismo compitiendo, de tú a tú, con los famosos editorialistas y comentaristas políticos que trabajaban en la capital del Reino. En Madrid, entró en la redacción de El Globo, periódico republicano que patrocinaba su ídolo político, Emilio Castelar, y allí, rápidamente, comenzó a brillar como periodista de gran pluma. Sus perfiles biográficos, Los hombres del día, se hicieron pronto famosos, y a la grupa de dicha fama llegó, finalmente, en 1893, a la dirección del diario, que muchos consideraban que era el mejor escrito de la ciudad.
A lo largo de su vida informativa, Vicenti había dado continuos ejemplos de que sabía luchar por lo que creía. En Galicia, se enfrentó, desde las páginas de El Diario de Santiago, con el poderoso cardenal Miguel Payá, defendiendo la libertad de culto... con tal vigor que el Príncipe de la Iglesia no sólo consiguió que cerraran el periódico sino que excomulgó a su director. En Madrid, se atrevió a divulgar una información que le habían aconsejado que mantuviera en secreto, la irreversible enfermedad del Rey Alfonso XII, lo que constituyó uno de sus éxitos informativos de mayor relieve.
Pues bien, Vicenti se va a enfrentar al objetivo de proporcionar a sus colegas de la prensa el escudo económico y social que necesitan con la misma fuerza y energía que siempre ha desarrollado a lo largo de toda su carrera profesional.
La acción vicentiniana
Se ve con los directores y periodistas de los diarios madrileños, en los salones de la Juventud Monárquica, el jueves 14 de febrero, y les convence de que hay que establecer, lo más pronto posible, las pautas a seguir para la creación de una asociación de periodistas.
Todos se muestran de acuerdo, y Vicenti, que quiere disputar la pelea en su propio terreno, les sugiere reunirse a la noche siguiente en la redacción de su periódico, una amplia sala bordeada de cortinajes y librerías, con lámparas colgando hasta casi las mesas de trabajo, en los bajos del número 2 de la calle de San Agustín, próxima al Congreso de los Diputados.
Los matutinos madrileños del viernes 15 anuncian la convocatoria, y El Paíslo hace animando a que nadie falte a la reunión:
Para constituir el Sindicato que ha de organizar el Montepío de la Prensa, se ruega a los Directores y redacciones de los periódicos y agencias telegráficas envíen un representante a la reunión que se celebrará esta noche, a las diez, en la redacción de El Globo.
No está muy claro de si se pretende crear un sindicato, un montepío o una simple asociación profesional, pero la convocatoria es muy bien recibida. Prueba de ello es que, al anochecer, se reúnen representantes de cada uno de los veinticuatro diarios de la ciudad -La Correspondencia de España, El Imparcial, El Liberal, Heraldo de Madrid, El País, El Nacional, El Siglo Futuro, El Correo Español, La Unión Católica, La Época, El Correo, El Día, El Globo, La Iberia, El Tiempo, La Justicia, La Izquierda Dinástica, El Resumen, El Estandarte, El Diario Español, El Correo de Madrid, La Publicidad, El Siglo y El Popular-, de cada una de las seis agencias de noticias -Fabra, Madrileña, Mencheta, Quintero, Exprés y Almodóvar- e incluso de varios periódicos de provincias que envían a sus corresponsales para saber de buena tinta qué es los que estaban tramando sus colegas madrileños.
La convocatoria es un éxito, y a lo largo de la reunión se acuerda, ¡por unanimidad!, nombrar una Comisión Ejecutiva "con amplios poderes para que en el más breve plazo posible, se procediese a la formación de la Asociación en la forma que mejor respondiese a las aspiraciones, conveniencias y deseos de los congregados", Esta comisión, nombrada también por aclamación, la forman Alfredo Vicenti, Javier Bores y Romero, director de El Nacional, Fernando Soldevilla, redactor de La Correspondencia de España, Antonio Martínez Soto, redactor de El Liberal, Eduardo Muñoz, redactor de El Imparcial, Gabriel Briones", redactor de La Época y Fernando Bocherini, redactor de El Día.
El acta de esta reunión la firman Alfredo Vicenti como presidente y Fernando Bocherini, como secretario. A la mañana siguiente, los diarios madrileños El Nacionaly El Imparcial hacen hincapié en la importancia de la asociación que se iba a crear. Escribió El Nacional:
Muchas veces se ha intentado, sin éxito, por la prensa de Madrid, establecer una Sociedad que respondiese a dos necesidades largo tiempo sentidas, la de dignificar la profesión, por los medios indirectos más a propósito, y la de proteger, con el concurso colectivo, a cada uno de los individuos asociados. Recientemente se han reproducido las fracasadas iniciativas de otros tiempos, y ahora, acaso porque la necesidad de asociación es más vivamente sentida, está el proyecto en camino de viabilidad. Así lo entendió la reunión de anoche, aprobando un pensamiento en cuya feliz realización estamos todos por igual interesados.
Y aseguró El Imparcial:
Ahora lo que hace falta es que esta comisión trabaje con fe y entusiasmo para que cuanto antes veamos constituido este Montepío de la Prensa madrileña que desde hace mucho tiempo estaba en la mente de todos.
Ecos de la campaña
La necesidad de que los periodistas se asociaran era cada vez más vivamente sentida. El miércoles 16, el corresponsal del Heraldo de Madrid en París, Luis Bonafux, publica un artículo, Del periodismo, en el que contaba algunas de las tribulaciones que éstos sufrían por estar desunidos:
El escritor y el periodista viven ricos y considerados en el extranjero; el escritor y el periodista viven de milagro en España. Una causa que influye en la condición del periodista español es el crecido número de colaboradores gratis, que se dan por contentos con que se les permita titularse redactores de talo cual periódico, y con que se les dé diariamente una butaquita. He conocido periódicos donde no cobraba ninguno de los redactores. El propietario se dignaba contestar de vez en cuando a los saludos que le dirigían, y con más frecuencia armaba bronca.
-¡Fulano!
-¡Señor!
-¿Qué horas de venir son estas?
-Señor. .. una ocupación precisa.
-La ocupación de usted es asistir puntualmente a la redacción. ¿Lo entiende usted? Ese es su deber.
Y el redactor (sin sueldo) salía de allí, todo cabizbajo y tembloroso, a ver si pescaba dos realetes, que combinados con tres de Zutano y con una peseteja de Mengano, daban para un guisao y dos cafés para cuatro tragaderas.
Situaciones como ésta, que contaba, con su particular gracejo, Bonafoux, eran las que pretendía de alguna manera solucionar la Asociación de Periodistas que Vicenti y sus compañeros de Ejecutiva estaban decididos a crear.
Tres días después de la asamblea fundacional, el lunes 18, la Comisión Ejecutiva, haciendo uso de las facultades discrecionales que le habían sido conferidas, vuelve a reunirse en la redacción de El Globo para analizar cuál debería de ser la forma de asociación. ¿Montepío, Caja de Socorros, Sindicato, Sociedad?
Los reunidos saben que esa noche se va a celebrar en Málaga un banquete en el que los gacetilleros malagueños van a "solemnizar la creación del Montepío de Periodistas y del Jurado de Honor encargado de dirimir las dificultades que se susciten con motivo de las discusiones sostenidas entre los periódicos".
Están, pues, de alguna manera presionados. Tienen que hacer algo para que la agrupación madrileña no se quede atrás. Pero, tras profunda discusión, acuerdan que "sólo era práctico y posible, por ahora, crear una Asociación que amparase y socorriese en los casos graves a los periodistas necesitados o enfermos", y que sería asunto de la futura Junta Directiva de la Asociación "la fundación de un Montepío y la constitución de un Sindicato de la Prensa". Adoptada definitivamente esta resolución, encargan a Vicenti y a Bocherini que elaboren un proyecto de Estatutos.
Da la impresión de que todos los reporteros de Madrid están de acuerdo en buscar fórmulas de amparo económico y social para una profesión maltratada, pero no es exactamente así. Siempre hay alguien que discrepa. .. y, siendo periodista, lo normal es que discrepe desde el púlpito de un periódico.
La mañana del 1 de marzo, El Diario del Teatro abre con un artículo, titulado Hablemos de la prensa, en el que se afirma con tono grandilocuente:
Cualquier profesión, cualquier oficio, sin aspiraciones y sin luces, puede asociarse de manera que, al venir la enfermedad, se cuente con el medio haber diario, y cuando venga la muerte se encuentre la paguita de toca, las mil pesetitas de socorro, para que los niños tengan un luto y para que la viuda tenga comida para un mes, y espacio y tiempo de contemplar el hambre que se acerca. ¡Pero los periodistas! Qué hemos de asegurar los periodistas, cuando nos llamamos inseguridad, suerte, osadía, y cuando lo fiamos todo de una pluma negra y una cuartilla blanca, símbolos ambas cosas de que nuestra vida es un contraste hasta en el color, hasta en eso. Yo sólo digo que el periodista ni puede venderse al ochavo, ni asociarse para el cuarto y o todo o nada. O todo, llegando a la altura, o nada muriendo en la oscuridad y en la miseria. Pero de todos modos, fuerte en el propósito, yendo por ahí sin solicitar, ni mendigar, ni ostentar derechos que deben renunciarse, probando de este modo el periodista que lleva la miseria porque quiere, y la abnegación por que le sobra, y que si es necesario pueden ir juntos, con un orgullo mismo, la frente que se alza, la idea que se vierte, la pluma que trabaja y la levita que se cae de vieja...
Tan rimbombantes palabras las firma Claudio Frollo, el seudónimo que utiliza Ernesto López Fernández.
El proyecto estutario
Pero Vicenti y Bocherini no se toman demasiado en serio este artículo, y convencidos de que la mayoría de los periodistas madrileños están con ellos, redactan, ¡en solo trece días!, un detallado y completo proyecto de Estatutos, compuesto de diez capítulos, 39 artículos y 4 artículos adicionales.
Los estatutos, que la autoridad gubernativa aprueba definitivamente el 4 de marzo, establecen que la Sociedad se denominará "Asociación de la Prensa", que será "una Sociedad benéfica de socorros mutuos", que para ingresar en ella "es indispensable ser periodista en activo (directores, redactores o colaboradores de los periódicos o agencias de noticias de Madrid y corresponsales en Madrid de periódicos de la península o de ultramar) o haberlo sido de modo notorio e indiscutible", que los socios y sus familias tendrán derecho a "asistencia facultativa y medicamentos", que aquellos que se vean imposibilitados para ejercer su trabajo o padezcan alguna grave enfermedad, tendrán derecho "a que se les socorra durante dos meses consecutivos con una cantidad prudencial que no podrá exceder de 150 pesetas en el primer mes y 75 en el segundo", que estos socorros se podrán conceder "dos veces al año como máximo", que "cuando un socio atraviese circunstancias graves y verdaderamente aflictivas, que a juicio de la Junta Directiva reclamen el auxilio de la Asociación, se le podrá conceder un socorro extraordinario que dicha Junta Directiva establecerá en cada momento", que a las familias de los socios que fallezcan "se les entregará 250 pesetas en metálico" y que "en el término de tres meses a contar desde el día en que se elija a la Junta Directiva, ésta tendrá el deber de constituir el Sindicato de la Prensa madrileña".
También prevén los Estatutos la incorporación de "socios protectores" ("todas aquellas personalidades, corporaciones o colectividades que hagan donativos a esta Sociedad o se suscriban periódicamente por una cantidad determinada"), sin derecho a beneficio alguno, y de "socios fundadores" ("todos los que soliciten su ingreso en el plazo de un mes a contar desde la fecha de publicación de estos Estatutos y sean admitidos por la Comisión Ejecutiva").
Nada más publicarse, el 10 de marzo, este proyecto de Estatutos, caen sobre él dos zambombazos: uno de ellos, firmado por Julio Burell, desde el Heraldo de Madrid, y el otro lanzado por Claudio Frollo, que, de nuevo, se opone a la Asociación desde El Diario del Teatro.
Burell asegura:
La Asociación de la Prensa, constituida con arreglo a los estatutos publicados por El Nacionalesta mañana, paréceme mucho menos que una Tienda-Asilo o un Comedor de la Caridad: apenas si tiene más importancia práctica que el refugio de la noche, fundado por la piedad del ilustre prócer del periodismo, el primer marqués de Santana (…), no vale la pena el fundar una Asociación que es pan para hoy, hambre para mañana, alivio transitorio y expediente bueno para la desesperación de un momento (…) ¿Es que la prensa española, y hasta reduciendo los términos, es que la prensa madrileña no puede contar con medios para hacer algo más sólido, más hondo, más fuerte, más conforme a su positiva importancia social y a su acción cada día más creciente. ¿Qué habremos remediado con un puñado de perros chicos in extremis y con una receta satisfecha por las farmacias económicas.
Por su parte, Claudio Frollo, escribe:
"(…) parece que asegura algo, sin dedicarse a otra cosa en realidad que a sostener, atizándolo con cinco duros, o con cinco cataplasmas, o con cinco cirios de entierro, el fuego de la miseria irremediable (…) Por cada hombre convencido despreciador de males y de sufrimientos y de luchas para alcanzar con ellas el nombre y el prestigio de la profesión amada, ¿cuántos no hay en el oficio que marchan al azar, a la aventura? Para estos periodistas la Asociación en puertas es cosa bien amable. Sé yo de periodistas que van a hacer que se ponen malos para que la Asociación les de los veinte duros que en su vida han visto (…) Nada de Asociaciones ni de Montepíos, ni de asilos de la noche (…) Trabajo, trabajo y trabajo; orgullo, orgullo y orgullo. Y luego un sindicato que nos dé la célula; y luego una resistencia que nos defienda del prohombre en la calle y del empresario en casa; y luego el oficio con dignidad y con fuerza; y el que pueda que vaya al ministerio, y el que no a sucumbir al hospital. O haber nacido obispo, o no ser periodista.
La verdad, sin embargo, es que ni Julio Burell ni Ernesto López Fernández mantienen sus posturas negativas durante mucho tiempo. Sólo unos días después de que aparezca su artículo en El Diario del Teatro, el propio López Fernández solicita su ingreso en la Asociación, como socio fundador, ¡Y su solicitud es aceptada! Y, por su parte, Burell, al cabo de un año, ingresa como socio numerario.
De cualquier forma, ni uno ni otro consiguen con sus escritos despectivos que la Comisión Ejecutiva abandone el proyecto en el que trabaja.
Asalto militar al diario de Vicenti
La Comisión continúa reuniéndose en la redacción de El Globo, que, de momento, es utilizada como sede provisional de la Asociación. Pero este periódico sufre un inesperado y vandálico asalto, la noche del 15 de marzo, por parte de un grupo de unos setenta u ochenta individuos, muchos de ellos de uniforme. Este allanamiento origina que una buena cantidad de solicitudes de afiliación a la nueva Asociación se extravíen, lo que provoca la prórroga de un mes para el plazo de admisión y para la constitución definitiva de la sociedad.
El Globo había sido objeto del odio que muchos estamentos de la milicia sentían hacia la prensa, debido a los continuos mandobles, algunos cruentos, que ésta le propinaba como consecuencia de su actividad en los territorios hispanos de ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), que estaban luchando por su independencia.
De la agresión fueron principalmente víctimas dos diarios de Madrid: El Resumen, por un artículo censurando la conducta de algunos oficiales que parecían rehuir el servicio militar en las Antillas, y El Globo, que reaccionó al ataque que sufrió su colega con un artículo eufemísticamente titulado Los valientes. De momento, sólo El Resumen y El Globo fueron objeto de la embestida militar, pero los restantes periódicos madrileños pasaron amedrentados la noche del 16 de marzo, a la espera de ser ellos también víctimas de agresiones similares. El vespertino Heraldo de Madrid comentó la situación que se vivió en su redacción:
A cada momento sonaban los timbres por cincuenta direcciones distintas. Y, casi siempre, variando el nombre de los diarios, el aviso era el mismo, ¡Que van a El Ideal! Un grupo numeroso de militares se dirige en este momento a la redacción de El Nacional. En El Paísestán dispuestos a recibir la agresión al grito de ¡Viva la República!
El suceso produce una desestabilizadora sacudida que provoca, al poco, la caída del Gobierno de Mateo Sagasta y pone de relieve la indefensión en que se encuentran los medios, algo que pretende paliar la Asociación de la Prensa, sirviendo de escudo corporativo en defensa de la libertad de expresión que ataques como aquél pone en peligro.
Los socios fundadores
Superados los dificiles momentos, la Comisión Ejecutiva vuelve a reunirse el 16 de mayo -de nuevo, en la redacción de El Globo- y procede a estudiar los nombres de los periodistas que han expresado su deseo de ser socios fundadores.
Se analizan -nombre a nombre- todas y cada una de las solicitudes, para decidir quiénes sí y quiénes no deben ser incluidos entre los socios fundadores. Sólo unos pocos no pasan el listón que los miembros de la Ejecutiva se han puesto, y finalmente 173 aspirantes, entre los que figuran todos los directores de los periódicos y, sin la menor duda, lo más florido de la profesión periodística del momento, adquieren el gran honor de convertirse en socios fundadores de la Asociación de la Prensa de Madrid.
Sus nombres, que aparecen escritos a mano en el acta de la Comisión Ejecutiva del 16 de mayo de 1895, son: José Miguel Almodóvar, Joaquín Arimón, Serafin Adame, Antonio Alcázar, Blas Aguilar, Marino Alonso, José María Alonso de Beraza, Fernando Bocherini, Norberto González Aurioles, Rafael Balsa de la Vega, Javier Bores Romero, Domingo Blanco, José Blanco Victorero, Gabriel Briones, Calixto Ballesteros, Juan Barco, Luis Barceló, Pablo Becerra, Porfirio Bahamonde, Vicente Cantos, Melchor Cantín, José Conrado, Antonio Cortón, Serafin C. Pisuaga, Enrique Caunedo, Manuel de Castro, Julián de la Cal, Ramón de Cárdenas, Mariano de Cavia, Vicente de la Cruz, José Cuartero, Vicente de Castro, Aurelio Dantín, Filiberto A. Díaz, AlfTedo Escobar, Carlos Escobar, José Ferreras, Ángel Febrer, Bernardo F. Miguel, Carlos F. Shaw, Eugenio Fernández Hidalgo, Ricardo Fernández, Francisco Flores Quiñones, Ricardo Fuente, Valentín Gómez, Eusebio Grado, Rafael Gasset, Eduardo Gasset, José Gimeno, José García Acuña, Ignacio Guasp, Francisco García Barrera, Ramón Gallardo, Jesusa Granda, Domingo Gascones, Emilio Gabás, Ramon García Rodrigo, AlfTedo García, Alfonso García, Eduardo García Baquero, Manuel García Caballero, Texifonte Gallego, Ricardo Hernández, Francisco Hernández, Miguel Jordán, Luis Jordán, José Jerique, José Lara y Mesa, Ernesto López, Daniel López, Antonio R. Lázaro, Eladio de Lezama, José Laserna, Juan Lapulide, Jesús Lozano, Ángel Luque, Antonio Liminiana, Baldomero Lois, Alejandro Lerroux, José L. Costa, Anselmo Lacasa, Eduardo Lustonía, José de la Loma, José M. Llinaz, Manuel de Llano y Persi, Juan Mur, Miguel Moya, Luis Morote. Mariano Martín, Eusebio Montes de Ayala, Antonio M. Soto, Federico Marqués, Eduardo Muñoz, Fernando M. Vega, Andrés Mellado, Juan M. Leyva, Antonio M. Viergol, José Monmeneu, Miguel Moraita, José M. Caravia, Rafael Mesa, Carlos Márquez, Ramiro Mestre, Antonio Morillas, José Menéndez, José Miralles, Salvador Mencheta, Federico Madariaga, Francisco J. Mercado, Antonio J. Páez, Arturo Perera, Luis Pardo, A. Pérez Nieva, Vicente Parrilla, Mariano Perpén, Antonio Perpén, Alberto P. Cosío, Pablo Polo, Antonio Peña y Goñi, José Perojo, Dionisio Pérez, Ramon P. Requejo, Ángel P. Magín, Luis P. Frutos, Antonio Palomero, Ramón Peris, Emilio Prieto, Andrés Pérez, Carlos Palma, Luis Paris, Sixto Pérez Rojas, Santiago Olmedo, Juan Ortega Gironés, Ángel Osorio Gallardo, Ricardo Queralta, Juan Quesada, Ramón Quintero, Agustín Retortillo, Juan Romero Chacón, Alfredo R. Crespo, Nicanor Rey Díaz, Aurelio Ribalta, Guillermo Rancés, Eduardo Rosón, Lorenzo R. Celada, Enrique Rivas Beltrán, Antonio Ribero, Eduardo Segura, Robustiano Sánchez Marroquín, Rafael Solis, Alfonso de Sola, Alfredo S. de la Escosura, Miguel Sawa, Antonio Santero, Antonio Sánchez Pérez, Gerardo S. Ortiz, Luis Soler y Casajuana, Conrado Solsona, Fernando Soldevilla, Francisco de Paula Salcedo, Enrique Trompeta, Manuel Troyano, José Trullas, Ángel Tejero, Manuel Tello, Adolfo Tomaseti, José Luis Torres, Francisco Villegas, Alfredo Vicenti, Federico Vicent, Francisco Vigil, Abelardo Vidal y Eleuterio Villalva.
Jesusa Granda
En la larga lista destaca un nombre. Y no precisamente porque pertenezca a una familia de abolengo político, cultural, religioso, periodístico, social, deportivo o económico. Ni tampoco porque figure en el Gotha de la aristocracia. Destaca porque es una mujer, la única mujer, en medio de un océano de hombres. Aunque no hay muchas mujeres que ejerzan el periodismo en la España de finales del sigo XIX, el nombre de ésta ni siquiera ha sido recogido en la más importante y completa Historia del Periodismo Español que se publicaría muchos años después en España, escrita por las historiadoras María Cruz Seoane y María Dolores Sáiz, ni figura entre las periodistas españolas más famosas. No es tampoco la primera mujer que colabora en los periódicos españoles. Pero es la única mujer que va a pasar a la historia como fundadora de la Asociación de la Prensa de Madrid.
Su nombre es Jesusa Granda. Es una profesora de la escuela Normal de Magisterio, de Madrid, y prolífica escritora que, con cierta frecuencia, colabora en el diario El Globo, donde precisamente en esos momentos está publicando un largo serial titulado Pedagogía, y para el que, cuando es preciso, redacta obituarios sobre educadores famosos.
Otra figura que destaca entre los socios fundadores es la de Miguel Morayta (aunque él escribe su apellido con “y” griega, la persona que escribió su nombre en el acta donde aparecen los 173 socios fundadores 10 hizo con “i” latina). Morayta es un conocido periodista y catedrático de Historia, de 61 años, que suele firmar con su nombre completo los artículos que publica en El Globo y con el seudónimo de Felipe los que aparecen en el diario catalán La Publicidad, propiedad de su esposa. Morayta había fundado, en 1850, el periódico El Eco Universitario, y había dirigido también el diario El Republicano. Pero no es por su actividad periodística por lo que destaca en la lista de fundadores de la Asociación: llama la atención porque en esos momentos Morayta, además de presidente del Partido Republicano Histórico, del que, por otra parte, es secretario Alfredo Vicenti, es el “Gran Maestre”, la máxima autoridad, de los masones españoles, sociedad que agrupa a más de 15.000 personalidades hispanas, entre senadores, diputados, generales, altos funcionarios, magistrados, médicos, publicistas, industriales, intelectuales y artistas.
Pero en esta reunión la Comisión Ejecutiva hace algo más que elegir a los 173 socios fundadores. Elige también al primer empleado no periodista de la entidad, el escribiente y cobrador Enrique Gutiérrez, al que fijan un sueldo de diez reales (2,50 pesetas) al día; es decir 75 pesetas al mes, la misma cantidad que muchos empresarios prometen, y muchas veces no pagan, a los redactores de sus periódicos.
La primera Junta General
Los nuevos estatutos son finalmente aprobados por la autoridad gubernativa y la Comisión Ejecutiva se reúne por última vez el 25 de mayo para dar por concluida su labor y convocar la primera Junta General. En esta última reunión se lee una carta del socio fundador Ramón Gallardo y Sobrino en la que éste ofrece sus servicios como abogado de la entidad "sin estipendio alguno". La Comisión aceptó, muy complacida, su propuesta y Ramón Gallardo se convierte en el primer abogado de la Asociación de la Prensa. Como colofón, se acuerda que los miembros de la Comisión Ejecutiva visiten personalmente a todos y cada uno de los ministros del Gobierno, autoridades de Madrid y jefes de todos los partidos políticos para entregarles una circular en la que se les invita a formar parte de la Asociación como "socios protectores".
Vicenti, Bores Romero, Soldevilla, Martínez Soto, Muñoz, Briones y Bocherini saben perfectamente que la nave periodística que han construido va a precisar, para navegar sin problemas, toda la ayuda posible, tanto económica, como política, como social.
Todo está a punto para el alumbramiento de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), y éste se produce a las diez de la noche del día 31 de mayo de 1895, en el salón de actos de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, que la entidad había cedido graciosamente a los periodistas madrileños. El lugar no puede ser ni más castizo ni más solemne: la Torre de los Lujanes, edificio construido en el siglo XVI, en la Plaza de la Villa 2, frente por frente al Ayuntamiento, con entrada por la popular calle del Codo.
A este salón señorial, flanqueado por cuadros anónimos del siglo XVII, un magnífico retrato del Rey Carlos III, pintado por el alemán Antón Ráphael Mengs, y con un soberbio techo de vigas de madera oscura, acuden un total de noventa y cuatro socios fundadores (sólo van a ser admitidos los que presenten el recibo "que acredite el pago de la primera mensualidad", informa el diario La Iberia, con el objetivo primordial de elegir a la primera Junta Directiva de la Asociación. Y a lo largo de la reunión, de nuevo, Alfredo Vicenti, que ha sido el presidente de la Comisión Ejecutiva que ha actuado de comadrona, vuelve a poner de manifiesto su generosidad y su hondo sentido del deber.
Presidencia y Directiva
Tal vez, muchos pensaran que era la persona ideal para encabezar la Asociación de la Prensa. Nadie como él conocía los sinsabores y las dificultades que había costado su concepción y nacimiento. Pocos le superaban en prestigio dentro de la profesión. Pero Vicenti se levanta ceremoniosamente, y propone que, ¡por aclamación!, sea elegido presidente Miguel Moya, director de El Liberal. Y su sugerencia es aceptada.
¿Por qué elige a Moya?
Muy sencillo: Vicenti sabe perfectamente cuándo debe de dar un paso atrás, y está seguro de que en esta ocasión debe hacerlo. Es consciente de que Moya no es sólo un periodista de mucho prestigio, sino también un experimentado hombre de empresa, y esta última cualidad, que él no cree tener en tan alto grado, es imprescindible para poder llevar a buen puerto el navío que se acaba de botar.
Tras la elección del nuevo presidente, se procede a la votación para ocupar los otros diez puestos de la primera Junta Directiva de la Asociación.
En la elección, sólo Alfredo Vicenti y Guillermo Rancés son elegidos censor y vicepresidente primero, respectivamente, por el máximo posible de 93 votos. Los electores habían elegido a Vicenti como censor, porque la misión de éste, de acuerdo con los estatutos, era, después de la de presidente, la más importante, pues tenía que fiscalizar los actos de la Junta Directiva, intervenir las cuentas, libros y documentos de la entidad así como todos los ingresos y gastos, y emitir un informe en el caso de la posible expulsión de un socio.
La primera Junta Directiva de la Asociación queda formada de la siguiente manera:
Miguel Moya (presidente), Guillermo Rancés, director de El Tiempo (vicepresidente primero), Comado Solsona, redactor de la Correspondencia de España (vicepresidente segundo), Alfredo Vicenti, director de El Globo (censor), Rafael Gasset, director de El Imparcial (tesorero), Fernando Bocherini, redactor de El Día (secretario primero), Eduardo Muñoz, redactor de El Imparcial (secretario segundo), y Fernando Soldevilla, redactor de La Correspondencia de España, Antonio Martínez Soto, redactor de El Liberal, Ramón Cárdenas, redactor de La Época y Mariano Perpén, director de la Agencia Madrileña (vocales).
De los once directivos, cinco, prácticamente la mitad, eran directores de medios y los otros seis destacados periodistas. No es de extrañar que su elección fuera muy aplaudida por la prensa.
El País, ninguno de cuyos representantes fue elegido para la directiva, afirmó con toda generosidad: "El efecto causado por la candidatura votada es excelente: los nombres dan seguridades de éxito a la nueva empresa comenzada con tanto entusiasmo". La Correspondencia de España aseguró que, tras la elección "comenzarán los trabajos para constituir el Sindicato de la Prensa, institución que establecida sobre sólidas bases puede ser muy útil y provechosa a la clase periodística". Y El Globo anotó, como nota de color: "A la reunión asistió, por figurar entre los socios fundadores, la joven profesora y escritora distinguidísima doña Jesusa Granda. Los periodistas agradecieron en extremo a su simpática compañera la distinción con que los favorecía. Bien se puede afirmar que el espectáculo ofrecido anoche por la prensa madrileña ha sido verdaderamente hermoso"
Pero el comentario más favorable a la recién nacida Asociación lo va a publicar un diario de fuera de Madrid, concretamente El Mercantil Valenciano, lo que pone claramente de manifiesto el interés de todos los medios españoles en el proyecto de asociación de los periodistas madrileños. El autor del comentario, que tiene la forma de una carta al director de El Mercantil Valenciano, es el diputado y escritor Luis Morote. La carta-artículo de Morote no tiene desperdicio:
Por fin tenemos Montepío de la Prensa (…) Ahora ha habido sentido práctico, conciencia de que los periodistas que tantas veces hacen cosas a favor ajeno, deben hacer alguna en provecho propio (…) y en efecto parece milagroso y extraordinario caso el que los periodistas no se peleen en cuanto se ven juntos. Porque es tal desde antiguo el desarrollo de su independencia y de su individualidad, que alguien ha podido afirmar antes de ahora que son inasociables (…) No es producto de sentimientos egoístas que contraríen la noción de la sociabilidad. Es que por fuerza del hábito, y hasta por poder de la vocación, el periodista vive una vida exterior, sin cuidarse ni poco ni mucho de tener un hogar común donde compartir penas y goces. Aquéllas son más que éstos, pero se disipan en la rapidez de una existencia que jamás tuvo pasado, ni tendrá mañana (…) Eso es que nacemos a esta profesión sin conocemos, vivimos sin amamos y morimos sin lloramos (…) Por de pronto, ya es un señaladísimo triunfo poder decir que en la cruenta batalla por la vida, no nos encontramos solos y aislados. Por de pronto, ya es un incalculable consuelo sentir a su lado como apoyo y sostén la fuerza de una asociación. El Monte Pío engendrará el Sindicato. Dejaremos de ser chicos para entrar en mayoría de edad, con casa, hogar, estado civil y hasta consejo de familia...
Todo son bienvenidas y augurios de éxitos, pero el presidente, Miguel Moya, y su equipo directivo no se engañan. Son conscientes de que a lo largo del camino que ahora inician van a tener que maniobrar hábilmente para sortear los innumerables desafios con los que la Asociación, sin duda, se va a encontrar. La verdad es que éstos van a ser muchos más, y mucho más comprometidos, de los que, en un principio, podían imaginar los socios fundadores. Pero también es verdad que, de una u otra forma, muchas veces dejándose jirones importantes de la encarnadura en la contienda, se van a ir superando todos, uno a uno.
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