Incluso lo que se parecía más al pasado (anotar los horarios, saber quiénes serían nuestros profesores, comprar los manuales de rigor en la única librería dispuesta para ello, ver cómo venían del veraneo las mocitas de nuestro tiempo)… tenía gracia.
Al formar parte de los equipos gimnásticos y deportivos, este capítulo de nuestro programa de trabajo era, sin duda, de especial relevancia. En el deporte, el cine y las lecturas, aprendimos a amar la libertad, porque las competiciones nos garantizaban viajes y vida independiente. Ajenos a la mirada permanente de nuestros padres.
¡Éramos tan jóvenes! ¡Qué diferencia de perspectiva!
Eterno retorno
Retorno al brillante paisaje del Madrid otoñal de 2007 tras tres meses de ausencia y me encuentro el viejo curso, agravado –un año más- por el peso de los meses. Todo repetido. En el escaparate oficial de las libertades formales, la oferta continúa siendo deprimente.
Las mismas tertulias radiofónicas y televisivas, las batallitas de la SER o de la COPE, el fútbol televisivo a toda hora y como arma arrojadiza, los cambios de El País(como si quisiera aparentar que algo cambia, ni él sabe dónde), el mismo ZP con su ineficiente altanería, dándonos mueca por sonrisa, el mismo RJ –irado, perdido el antiguo sentido del humor-, presumiendo de que disfruta (frente a aquél, ¡vaya ventaja!) del menos común de los sentidos…
Las ineficiencias de costumbre… aún más viejas. La propaganda del todo va bien, permanentemente actualizada.
Sólo la dura lucha diaria por la vida, dada nuestra ramplona condición de masokas y currantes, puede sostener –voto a voto- semejante medianía. En un país como éste, donde todo aquello de lo que no se habla es más interesante que lo que se publicita y se pregona a cada hora.
Atraco al Estado
El único acuerdo común entre los patriotas declamatorios que nos circundan es esta consigna: que no se hable nunca de lo que hay que hablar.
Pues hablemos nosotros, una vez más, de eso que no se habla. Hoy: del tedio y la desesperanza.
El tedio es la única bandera que lucen por doquier, junto a su propia sombra, nuestros abanderados. Éstos y los otros: ¡todos!. Los que gestionan el Estado central y los que luchan (a muerte, incluso) por el poderío periférico. Todos.
Volcar el Presupuesto, derrochándolo a manos llenas, cuidándose bien de que el derroche comience por ellos mismos, es su habilidad más destacada. Casi la única.
En esta nave vieja que navega en el llanto del poeta, la más notoria decantación histórica ha sido esa. España cuenta, en efecto, con la mayor densidad de patriotas -con bandera e himno- del planeta.
Del poderío patro-latoso
La degradación más ruin del patriotismo sirve de enganche a toda clase de embanderados. Desde los matarifes del tiro en la nuca a mis paisanos del 25 de julio.
Al vivir interpretando de continuo, año tras año, ese falsete patro-latoso, la comedia por fuerza tiene que resultar rancia.
A los paganos nos cuesta una fortuna esta casta embanderada multidiversa que se sucede a sí misma por doquier. Comunidad por comunidad, en castellano, gallego, catalán o vascuence, década tras década, con dictadura o formal-democracia, impasible al ademán. Amamantándose en las mismas ubres y desde tiempo inmemorial, con la misma música.
Y lo peor del caso es que no hay más cartas en juego. Ni otras alternativas en la parrilla de salida.
De la desesperanza
Dada la manera de ser concebidos y captados, los mensajes patrióticos que nos lanza semejante casta declamatoria de profesionales burocráticos del poder nacen muertos.
Son como piedras musgosas de viejos caminos que nadie transita.
Así pues, en este retorno a lo de siempre, lo peor no es el pasado, que ya se fue. Lo peor es lo que se nos viene encima. La desesperanza de saber que sólo de esto habrá, desde la parrilla de salida, en todas y cada una de las convocatorias que nos aguardan en los ¡meses y años subsiguientes!
Van allá tantos comicios que nos hemos acostumbrado a vivir así, conviviendo con la bandera del tedio, aunque –por veces- los paganos transitemos por otros lugares, más aireados. Sin banderas patrióticas.
Paseándolos en solitario, escribiendo acerca de lo que veo, por veces me sorprendo de que algo me sorprenda o desconcierte. Así pues, también yo volveré a contarles historias más o menos lejanas en LA CUEVA DE ZARATUSTRA, y volveré a disfrutar del gozoso placer de viejo pasente: el encuentro, acaso, con un rinconcito de paisaje sin contaminar, algún detalle digno de anotación en el diario de notas o el reencuentro con el viejo amigo que (de pronto) comparezca como un aparecido.
Si digo verdad, es esto último lo que más temo. Los gozosos encuentros con los amigos de antaño tampoco son lo que eran. También en ellos advierto los efectos demoledores de vivir día a día bajo la tediosa bandera. Nos abrazamos y hablamos, sí, como siempre hicimos; pero nada es igual. Cuanto mejor queremos representar lo que fuimos, más se advierte que los papeles de antaño han enmohecido.
¡Nosotros! ¡¡Los que íbamos a cambiar el mundo!!
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