El laureado Bryce Echenique, Premio Nacional de Narrativa de España 1998, premio Planeta en el 2002 y uno de los autores hispanoamericanos más traducidos del momento, vuelve a ser noticia. Nada tiene que ver con la calidad de sus escritos, ni con su don para la creación de personajes, ni con su gran imaginación.
En julio de 2006 fue acusado por el ensayista Herbert Morote de plagiar un texto suyo hasta entonces inédito. Bryce pataleó, le acusó de deslealtad y le recordó su currículo. ¿Quién, con una obra así a sus espaldas, necesitaba andar al copia y pega?
Desde entonces un mar de acusaciones han caído sobre el literato. La última de ellas está relacionada con el escritor José María Pérez Álvarez, colaborador habitual de La Cueva de Zaratustra. Como en todos los juicios de este estilo, lo mejor es ofrecer las fuentes de la controversia. Por ello hemos decidido recortar algunos ejemplos y que el lector saque sus propias conclusiones.
El pasado 18 de marzo Echenique publica en El Comercio un artículo titulado “Potencias sin poder”. Oswaldo de Rivero, ex embajador del Perú ante naciones Unidas, no tarda en enviar esta carta al rotativo limeño:
Con gran sorpresa y mortificación veo que El Comercio ha publicado, el 18.03.07, un artículo de Alfredo Bryce con el título "Potencias sin poder". Este artículo es un plagio total de un artículo mío, con nada menos que el mismo título, que fue publicado en el número 153 de marzo-abril del 2005 de la revista "Quehacer", de Desco. Les envío una copia del artículo de Bryce y del original, para que comparen los textos. […]. En consecuencia, les solicito, como defensores de los derechos de autor, publiquen esta carta y mi artículo para que este inaceptable plagio no quede impune.
Tras realizar esas sencillas comprobaciones, El Comercio publica la carta de Rivero con la siguiente nota:
Estamos sorprendidos como el embajador Oswaldo de Rivero. En efecto, hemos constatado, con un ejemplar de la revista aludida, que el artículo que nos envió Alfredo Bryce para ser publicado con el título "Potencias sin poder" consta de siete párrafos, todos los cuales han sido extraídos, con muy ligeros cambios, del más extenso original de De Rivero.
Para que a la historia del aspirante al Nóbel no le faltara su toque humorístico, Bryce se defiende unas líneas más abajo:
Una confusión de mi secretaria ha hecho que, por error que yo lamento profundamente, ella envíe como mío el artículo "Potencias sin poder", del embajador Oswaldo de Rivero, publicado en la revista "Quehacer" y que yo tengo en mi bibliografía, precisamente como texto de consulta debido a su alta calidad. Prueba de ello es, creo yo, que este artículo haya sido enviado sin mi nombre, a diferencia absoluta de todos los demás enviados, en exclusividad, al diario El Comercio.
Con la polémica servida y la originalidad de Bryce puesta en duda, no tardaron en descubrir nuevos plagios. También en El Comercio, pero casi un año antes (5-III-2006), se publicó el artículo titulado La decadencia del imperio americano. Como en los casos anteriores la firma de Echenique figuraba bajo el escrito.
Es sorprendente constatar cómo ha cambiado el panorama global. Estados Unidos, sea cual sea su grado de popularidad, ha sido capaz de fijar la agenda internacional, controlar el rumbo de la política exterior global y utilizar sus numerosos métodos y recursos de poder para imponer su voluntad al resto del mundo a lo largo de los últimos cinco años. Por grande que haya sido el fracaso norteamericano en Iraq o incluso en Afganistán, no se ha alzado obstáculo alguno de importancia en el camino emprendido por Estados Unidos en su ejercicio unilateral del poder.
Pero todo ha cambiado y lo ha hecho tan solo a los pocos meses de la victoria electoral de George W. Bush hace poco más de un año. Factores de orden interno han pesado sin duda en gran medida en el menguante poder del presidente: la deficiente gestión del huracán Katrina, el rechazo de sus planes de privatización de la seguridad social y los escándalos políticos a altos niveles en el seno de su propio partido.
Quizás fue la casualidad, pero Graham. E. Fuller publicaba en La Vanguardia el día 7 de diciembre de 2005 “El declive del poder estadonidense”. Consultar este artículo en La Vanguardia cuesta 3 €, pero curiosamente el portal de Internet Noticias lo publica completo. Comienza así:
Es sorprendente constatar cómo ha cambiado el panorama global. Estados Unidos, sea cual sea su grado de popularidad, ha sido capaz de fijar la agenda internacional, controlar el rumbo de la política exterior global y utilizar sus numerosos métodos y recursos de poder para imponer su voluntad al resto del mundo a lo largo de los últimos cinco años. Por grande que haya sido el fracaso estadounidense en Iraq o incluso en Afganistán, no se ha alzado obstáculo alguno de importancia en el camino emprendido por Estados Unidos en su ejercicio unilateral del poder.
Pero todo esto ha cambiado y lo ha hecho tan sólo seis meses después de la victoria electoral de George W. Bush hace un año. Factores de orden interno han pesado sin duda en gran medida en el menguante poder de Bush: la deficiente gestión del huracán Katrina, el rechazo de sus planes de privatización de la seguridad social y los escándalos políticos a altos niveles en el seno de su propio partido.
Es verdad que tiene ligeros cambios, los cambios lógicos por el paso del tiempo. Recomendamos la lectura de los textos completos para comprobar como incluso cambia el significado de algunas frases concretas. Pero nosotros debemos continuar el camino.
Cajetillas con modalidades como light, slim, esbelto o ligero pretenden asociar el consumo a atributos como libertad, esbeltez, glamour, y lo cierto es que actualmente las mujeres fuman tanto o más que los hombres. ¿Cuál ha sido el camino que ha conducido hasta ese punto desde la introducción del tabaco en Occidente? Primero fueron los hombres, y además, ricos. Cuando los conquistadores españoles descubrieron que los indios americanos consumían esta hierba, y no solo en forma de canutillos encendidos cuyo humo aspiraban y exhalaban, sino comiéndola y también convirtiéndola en bebida, pronto exportaron el producto a la metrópoli. Aunque fue solo en la vertiente de fumar, rápidamente se convirtió en un gran negocio, de tal manera que el reino de España adjudicó a Hacienda, en 1623, el monopolio del tabaco. Y así ha seguido hasta hace poco. Las grandes plantaciones estaban en Cuba y Santo Domingo, y pronto el hábito se extendió a las clases populares a tenor del aumento de las importaciones y el descenso de precio.
Los artículos se cierran con esta nota de El Comercio:
Alfredo Bryce Echenique
Ganador del premio planeta en el 2002 "El huerto de mi amada". Exclusivo para el diario El Comercio en el Perú
También han aparecido los verdaderos autores de esos escritos. Carlos Sentía y Eulalia Solé para La Vanguardia (29-VII-2005). De un mismo ejemplar de La Vanguardia plagió dos textos.
Cajetillas con modalidades como light, ligero, o slim, esbelto, pretenden asociar el consumo a atributos como libertad, esbeltez, glamour, y lo cierto es que actualmente las mujeres fuman tanto o más que los hombres. ¿Cuál ha sido el camino que ha conducido hasta ese punto desde la introducción del tabaco en Occidente? Primero fueron los hombres, y además, ricos. Cuando los conquistadores españoles descubrieron que los indios americanos consumían esta hierba, y no sólo en forma de canutillos encendidos cuyo humo aspiraban y exhalaban, sino comiéndola y también convirtiéndola en bebida, pronto exportaron el ...
A veces la vida se carga de un simbolismo tan evidente que resulta innecesario hacer hincapié en él. Hace unos días, cuando el invierno empezaba a cornear los callejones y los parques y las plazas y los puentes, murió un indigente de cuarenta y tres años mientras dormía en el portal de una sucursal bancaria. Parece una canción de Sabina pero es una realidad tan constante en nuestras vidas, en nuestro mundo, que a veces pasa inadvertida. Vinieron esas noches heladas de invierno y una de ellas lo mató: lo remató. La vida y él mismo al unísono se habían encargado de irlo debilitando día a día, hasta que su organismo, esquelético, no aguantó los grados bajo cero de aquella noche, mientras dormía entre cartones en el portal de una entidad bancaria. Era ya un montón de huesos que apenas se sostenía contra una esquina determinada, en una de las calles más comerciales de la ciudad, extendía la mano y pedía limosna sin decir palabra; pasábamos ante él como ante una estatua callejera, a veces le dábamos alguna moneda y seguíamos el camino tranquilamente. El mundo está lleno de esos ejemplos, esos seres que sobreviven sin causar alboroto, sin dejar apenas memoria y se van a morir a los sitios más inadecuados; o tal vez mueran en esos sitios inadecuados para recordarnos el contraste insoportable que es la existencia. La tierra prometida. En realidad, suena a literatura, a novela de Dostoyevski, suena, incluso, a mala literatura por evidente. Y el mundo es eso: mala literatura. De un realismo feroz. Pero la vida está más en las novelas de Dostoyevski que en los artificios de Vladimir Nabokov: dos rusos con un concepto de la literatura, y de la vida, tan opuestos. Los mendigos escogen sitios extraños para morirse o la existencia les suministra sitios extraños para matarlos. Uno puede sentirse o no culpable de esas muertes ajenas: no sólo las que suceden en las esquinas de nuestras calles sino de las otras, de las que ocurren a cientos de kilómetros de nosotros, en el otro extremo del mundo; uno sospecha que existen extraños vínculos en todo lo que sucede a nuestro alrededor, que cuando hacemos algo estamos escribiendo también la historia de otros países, de otros pueblos. Los mendigos que mueren en África son los mismos mendigos de nuestra ciudad, de nuestra civilización: nos pertenece unívocamente todo: el amor y la muerte, el arte y la enfermedad, la alegría y la esperanza, los sueños y la miseria. Todos participamos de alguna forma en cualquier suceso de la humanidad y lamentamos las guerras y las muertes que de alguna forma nos aquejan aunque las veamos distantes como una estrella. A veces mueren a nuestro lado mendigos familiares y uno cree percibir una señal secreta en su desaparición, una alerta, una falla en nuestra conciencia que suele pasar al lado de esos seres con la indiferencia de quien cree que es inútil luchar, que siempre existirán mendigos, que los mendigos deben morirse en los bancos o en los parques o debajo de los puentes. Todos morimos sin alcanzar la tierra prometida.
El escritor orensano recibió una llamada de dos periodistas peruanos. Le alertaban de que Bryce había publicado el 12 de noviembre de 2006 un artículo titulado La tierra prometida:
A veces la vida se carga de un simbolismo tan evidente que resulta innecesario hacer hincapié en él. Uno de esos días de Madrid en que el invierno empezaba a cornear los callejones y los parques y las plazas y los puentes, murió un individuo de 43 años mientras dormía en el portal de una sucursal bancaria. Parece una canción de Sabina, pero es una realidad tan constante en nuestras vidas, en nuestro mundo, que a veces pasa inadvertida. Vinieron esas noches heladas de invierno y una de ellas lo mató. O más bien lo remató. La vida y él mismo al unísono se habían encargando de debilitarlo día a día, hasta que su organismo, esquelético, no aguantó los grados bajo cero de aquella noche, mientras dormía entre cartones en el portal de una entidad bancaria. Era ya un montón de huesos que apenas se sostenía contra una esquina determinada. En una de las calles más comerciales de la ciudad, extendía la mano y pedía limosna sin decir palabra. Pasábamos ante él como ante una estatua callejera y a veces le dábamos alguna moneda y seguíamos el camino tranquilamente. El mundo está lleno de esos ejemplos, de esos seres que sobreviven sin causar alboroto, sin dejar apenas memoria y se van a morir a los sitios más inadecuados. O tal vez mueren en esos sitios tan inadecuados para recordarnos el contraste insoportable que es la existencia, la tierra prometida.
En realidad, suena a literatura, a novela de Dostoievski, suena, incluso, a mala literatura, por evidente. Y es que el mundo es eso: mala literatura. Muchas, muchas veces. De un realismo feroz. Pero la vida está más en las novelas de Dostoievski que en los artificios maravillosos de Nabokov: Dos rusos con un concepto de la literatura, y de la vida, tan opuestos. Los mendigos escogen sitios extraños para morirse o la existencia les suministra sitios extraños para matarlos. Uno puede sentirse o no culpable de esas muertes ajenas: no solo de las que ocurren en las esquinas de nuestras calles sino de las otras, de las que ocurren a miles de kilómetros de nosotros, en el otro extremo del mundo.
Parece que el ilustre literato se limitó a introducir un enter. No le debió gustar un párrafo tan largo. Tan sólo queda preguntarse si acabará aquí la historia o aparecerá el verdadero autor de El huerto de mi amada (premio planeta 2002) o Un mundo para Julius (Premio Nacional de Literatura en Perú, 1972).
El País del 24 de marzo relata esta última polémica. Hasta este momento, que nosotros sepamos ya se han hecho eco de la noticia: