Historia del Rastro de José Antonio Durán.La última hoguera
La mañana del domingo 29 de enero de 2006 fue heladora. El frío cortaba, a pesar de su sequedad característica. Típico día duro de invierno en Madrid, con el cielo azul raso y esa maravillosa visualidad infinita que llamamos “velazqueña”. ¡Qué distinto al frío húmedo y al horizonte brumoso de mi tierra gallega!. Ahora, con casas acondicionadas y vestimenta acorde, se combate con facilidad. A nuestros hijos les cuesta mucho entender lo que contamos de tiempos no tan distantes.
Cuando llegué como estudiante a la Villa, los años sesenta del pasado siglo alboreaban. Los braseros eran habituales en las mesas camilla de pisos y corralas (la regla en todos los pueblos de la ancha tierra de Castilla casi hasta ahora mismo). Hambre y Frío -así, con mayúscula- escribía Benet del Madrid de los Baroja en Barojiana.
Frío, incluso de quienes nunca pasaron Hambre, como en la
representación de Montero Ríos (envuelto en su manta, acurrucado
sobre el gran brasero) de mi primer Castelao. En una mañana
de tanto frío, se hablaba de él. Con cierta elocuencia, como verán
de inmediato. Fue ese día gélido de enero cuando conocí la curiosa
historia del niño que nació en el Rastro.
Soy cliente suyo y tenemos buen trato desde hace años, pero tuvo que hacer mucho frío para que me contara un secreto que conocen todos los lugareños: que nació el mismo día en que se abrió la calle Carlos Arniches, uno de los centros ineludibles del mercado actual. Dadas las circunstancias, Arniches puso empeño en apadrinar aquel neonato. Gesto gracioso y entrañable, digno de él. Lleva, pues, toda la vida metido en el mercado más antiguo de la ciudad, a juego con él. A propósito del frío, me habló de las fogatas que daban pintoresquismo a las cuestas de su infancia, mantenidas con pujanza hasta bien entrada la juventud. Según el parecer de los viejos más viejos de aquellos tiempos, el invierno más crudo y pintoresco fue, en este aspecto, el que corresponde al año de mi propio nacimiento: 1941.
Hambre, Frío y Desabrigo
conjuncionaron entonces y las hogueras alcanzaron su máximo nivel de
brillantez. Los ofertantes, obligados a permanecer a pie firme,
confraternizaban con ojeadores y compradores intercambiando cuitas
al amor de la lumbre. Todo era bueno para alimentarla. Al ahijado de
Arniches le maravillaba, sobre todo, la quema de hamacas: madera y
género. ¿Tantas hamacas se quemarían, como para que se le quedase
tan viva semejante imagen? Los recipientes que soportaban los fuegos
eran también mutivariados, pero predominaban dos clases de
materiales: el hierro y el barro. Fueron éstos soportes, en cierto
modo, los que comenzaron a meter a las hogueras en el rincón de los
recuerdos.
Hasta 1954 (año del casamiento
del niño que nació en el Rastro) las hogueras dominaban el paisaje
invernal, sobre todo en los días más gélidos; pero fue ese año
cuando se produjo la desgracia que marcó el antes del después. Una
barbaridad, fruto de la ignorancia.
Como la regla del lugar es que
todo resulta a la postre aprovechable, el protagonista de la
desventura que provocó la vulgar tragedia quiso aprovechar el fuego
para agrietar el soporte de barro o hierro que lo contenía. Hizo a
su manera lo que un amigo de mi propia infancia hizo con nosotros:
sorprendernos echando una bala al fuego que habíamos creado en
nuestros juegos. Mientras nosotros pudimos salir ilesos, huyendo en
desbandada, la bomba lanzada sobre la hoguera del Rastro no dio
opción. Los circundantes resultaron destripados o heridos y hubo un
muerto. La Autoridad aprovechó la circunstancia para cortar por lo
sano, prohibiendo las hogueras. Como la medida concejil no aminoró
el frío glacial que reaparece cada invierno, las hogueras
continuaron, contenidas, vigiladas con más o menos celo por los
munícipes. Cada vez más residuales…
Hace un año, hubo otro domingo
helador en el Rastro. En mi recorrido, encontré dos fuegos. Los
habituales en los últimos tiempos. En 2006, uno, porque el otro se
fue “al otro barrio” con su mantenedor. “Lo enterramos hace pocos
meses”, me dijeron. La última hoguera residual acaso se reproduzca,
pero tiene –mucho me temo- los días contados. Merece la pena que
describa, pues, esa reliquia de los viejos tiempos.
El cachivache es en realidad
una estufa de leña, destapada. Similar a las que usábamos –con tapa
y tubos- en La Manchuela albaceteña, para calentar el salón y la
habitación del piso alto de nuestras casas. Se alimenta con leña,
por la parte destapada. La salida del fuego da color, sabor y un
ligero aroma ahumado característico. Permite, pues, el alivio
instantáneo de pasar las manos heladas por el alto de unas llamas,
temerosas también de pasar frío. Como la estufa es de hierro y se
alza sobre una especie de trespiés, consiente a los circundantes
sentir su calorcillo en esa parte tan sensible. Las manos y los pies
calientes, el frío seco, ropa de abrigo y las manos pasadas de vez
en cuando por el alto de la lumbre, permiten sobrellevar la mañana a
la familia completa de vendedores. En mi juventud, ese contraste –al
ser continuado- producía los consabidos sabañones. Otra flor picante
que florecía cada invierno. Ajena por completo al Madrid de hoy…
El frío, por lo demás, animó la
mañana. No sólo con la parla. Uno de los vendedores ambulantes,
anunciaba la sonoridad del equipo en oferta metiéndole música
marchosa, muy bailona, y a la gente se le iban los pies, fríos como
el hielo. Un cuarteto muy bien acompasado (y abrigado) se meneaba
apurando el swing en un dignísimo concierto de jazz. Allí,
pues, casi al final de la calle de Carlos Arniches, la gente bailaba
y comía bocadillos bajo la gran placa que evoca el día en que nació
nuestro amigo, el Niño del Rastro.