Con madera de líderes, integrados en movimientos con marcada sensibilidad local y galleguista desde mozos, los dos insignes difuntos de 1950, acabaron por ser adversarios -no enemigos- en la política. Todo lógico, por las diferencias de origen social, orientación ideológica familiar, experiencia política e implante espacial.

     Casaritos -que llegará a ocupar las más altas instancias del Estado en la República- no ganó un duro con la política. Castelao tampoco. Pero a éste lo venimos celebrando de efeméride en efeméride, como si no fuera un político. Como si fuera tan sólo un santo de palo, dispuesto para andar en procesión, haciendo devotos y fieles de una iglesia donde de ni siquiera caben los adversarios galleguistas. Mientras Casares -que fue saqueado e intencionadamente barrido de su país, con toda su familia- continúa condenado por un juicio sumarísimo, mucho más duro que el del gobernador de Franco que le llamó alimaña y quiso arrancar su nombre del registro civil. Juicio en el acabaron por coincidir sospechosamente franquistas y antifranquistas, centralistas y galleguistas. Como si fuera el chivo expiatorio. El culpable universal de la hecatombe de la Segunda República. Justo el desastre que quiso evitar como gobernante.

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     Hay que reconocer que, en buena parte, en lo que se refiere a Galicia, esa falsedad procede del tratamiento que el político Castelao publica en Sempre en Galiza del político Casares Quiroga. Tratamiento, por cierto, donde el rianxeiro puso máximo cuidado en resaltar la honradez personal del adversario. ¡Porque -en lo que se refiere a honradez- uno y otro eran de texto sagrado!.

     Pero, además del Castelao de los éditos, también hay un Castelao de los inéditos. Y en esos papeles discretos la visión que se entresaca de Casares es muy distinta.

 

                

     Un masón coruñés, que llevó como una cruz haber publicado un libelo en contra de Casares, nos dijo. "En todas las ocasiones en que saludé a Castelao, siempre habló mal de Casares. ¡Era una obsesión!".

     En los meses duros de la lucha por el Estatuto de Autonomía de Galicia, Castelao le dió las consabidas quejas a Maciá. Quedó desconcertado cuando el presidente de la Generalitat Catalana le dijo: "No culpe a Casares; culpe a Azaña. El hace lo que puede. Tienen que confiar en él".

 

 

      Concejal inevitable de la mayoría republicana desde los veinte años, agrario-solidario, secretario de las extraordinarias Asambleas Agrarias de Monforte, Casares ya era -cuando Castelao se apunta a las Irmandades da Fala- la fotosíntesis del poderoso republicanismo coruñés, y el embajador del Partido Republicano Autónomo. Esto es: de un núcleo de dirigentes que habían pactado la unidad de acción para las cuestiones locales, a pesar de la multidivisión de los partidos y de las personas que deshizo el movimiento republicano español después del fracaso de la Primera República. Cuando España queda practicamente sin republicanos.

     El Partido Republicano Autónomo de La Coruña, constituído en 1911, es -incluso en el nombre- embrión de lo que será para toda Galicia la Organización Republicana Galega Autónoma (ORGA), en el remate de los años veinte. El partido de Casares nace pues de una tradición. No se improvisa como autonomista.

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     Con fácil acceso directo a todos los gobiernos democráticos con representación consular en La Coruña; en histórica solidaridad con los correligionarios portugueses; viviendo a un paso de la Capitanía Militar, las iglesias, las logias masonas y el animado puterío de un puerto transatlántico; en trato discreto (clandestino y masón, cuando hizo falta) con los militares republicanos; impuesto en las formas milicianas, paramilitares, de lucha civil; amigo personal de los máximos dirigentes españoles de la CNT y de un sector influyente de los neocomunistas (que le escribían y que paraban en su casa); administrador -muy leal- de los principales conventos de monjas de la ciudad, pero enemigo jurado de los jesuitas..., Casares (que ya era un peso pesado en la política gallega) salta a primeiros planos de la española en la lucha contra la Dictadura de Primo de Rivera.

     Ni antes ni después, en ese aspecto, hay comparación posible con cualquiera otro integrante de las Irmandades da Fala, el movimiento galleguista alternativo a ORGA. También de origen coruñés. Creado por uno de los grandes nombres (silenciados) del galleguismo: el nacionalista y casarista Antón Villar Ponte.

     Esa incorporación de prestigiosos irmanciños izquierdistas, como Villar Ponte, a ORGA será una de las razones estratégicas del tardío nacimiento del Partido Galleguista de Castelao.

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     Así pues, contra lo que se sobreentiende en las confusas historias académicas de uso manual y reiteran la mayoría de los profesores, periodistas y escritores, en la Galicia de los años treinta no hubo un único partido autonomista, porque existieron -cuando menos- esos dos: ORGA y el Partido Galleguista. El de Castelao y el de Casares, nutrido éste (entre otras fuerzas) por galleguistas inequívocos; pero mucho más próximos a la izquierda, a los movimientos universitarios, militares, intelectuales y sociales que tuvieron peso en el derribo de la Dictadura y la Dictablanda, precipitando la República.

     En palabras del casarista Luis Seoane, dichas a este historiador; pero válidas también para los casaristas Ramón Suárez Picallo o Roberto Blanco Torres: "En la Dictadura y en la República, la única personalidad que daba credibilidad a un galleguismo de izquierdas era Casares Quiroga". Por eso, después de ORGA, volvieron con él a Izquierda Republicana y al Frente Popular. Y por eso, en esta ocasión, incluso estuvo con Casares, Castelao y el Partido Galeguista, después de perder el lastre -inadmisible para las izquierdas- de los integrantes portelistas y derechistas.

     Pero sólo entonces -insistimos-, en vísperas de los trágicos acontecimientos de 1936.

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     Unos acontecemientos -los golpes de Estado del 36- que ni fueron los únicos ni comenzaron en julio. Esa es, en efecto, la primera explosiva conclusión de los inéditos de Castelao que llegaron a nosotros. Me refiero, en este caso, a las importantísimas memorias que Portela Valladares le entregó en París para que las hiciera estallar en las Américas. En 1947. Cuando eran impublicables.

     Memorias y Dietario de Portela que yo mismo publiqué hace catorce años; pero que aún hoy no fueron digeridas. Papeles -en conjunto- duros de roer para la historia política del  galleguismo, porque explican la agonía política de Castelao, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones -pésimas- con el nacionalismo vasco, el galleguismo parisino de Xoán Pla y el embajador del interior, Ramón Piñeiro.

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     Lástima de que no dispongamos de documentos comparables de Casares Quiroga. Nos consta que fue tentado con una suma fabulosa para que contase la experiencia de aquellos años; pero él nunca quiso revelar secretos inconfesables.

     Portela y su hija, María Casares, revelaron algunos.

     Sabemos por Portela que el primer golpe del 36 se produjo en febrero. Cuando Franco y las fuerzas integrantes del Frente Nacional lo presionaron para que -como presidente del Gobierno que hizo las elecciones que ganó limpiamente el Frente Popular- se mantuviera en el poder, como dictador republicano de una democracia vigilada. Un adelanto a la portuguesa del golpe de julio...

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     Hablamos, como se ve, de intrahistorias -jamás contadas- de España y de Galicia, que tuvieron repercusión mundial... Porque, como consecuencia del peso político que supuso la presencia de los autónomos coruñeses -representados por Casares- en las reuniones del raquítico republicanismo español, y por ese izquierdismo de los casaristas, se produjeron en las horas finales de la primera dictadura dos acontecientos relevantes: el Pacto de Lestrove, como primera manifestación de la fuerza rupturista de un izquierdismo gallego unido en la Federación Republicana Gallega (pacto en el que hubo, por cierto, obsevadores llegados de estas tierras levantinas, y la proyección exterior de Casares Quiroga como figura angular -junto a Manuel Azaña- del nuevo Estado de la Segunda República.

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     Supongo que se habrán dado cuenta, también ustedes, de que en la  política cotidiana sólo reina el virtuosismo, la simulación y la propaganda. Es puro teatro, orquestado por los medios de comunicación (vendidos siempre a sus postores respectivos, aunque nunca con tan escandalosa evidencia como en estos días) Vista de lejos, esa fanfarria sólo confunde a los aficionados a la historia política. No puede producir confusión a los historiadores, porque existen reglas y constantes. Ésta, por ejemplo: hay que tener poder para poder ocupar cargos estratégicos en la dirección de un Estado constituido. ORGA, por Casares Quiroga, tuvo ese poder, por primera vez en la historia del galleguismo.

     Sin ese poder de Casares, Galicia no estaría emplazada donde está hoy politicamente. Habría habido lo que hubo: mucha discusión periodística y mitinesca sobre el Estatuto; pero -como en el primer bienio de la República- ninguna fuerza política tendría poder para convertir esa agitación en cuestión de Estado. El Estatuto de Autonomía de Galicia fue una conquista histórica del casarismo, ayudado -claro que sí, pues era casi su exclusiva finalidad política- por el Partido Galeguista, y con respaldo del Frente Popular. Visto con la perspectiva del historiador, todo el proceso estatutario resulta además típicamente casarista. Y fue modélico desde el punto de vista democrático, porque -cuando se aprobó por referéndum- ese Estatuto ya había sido pactado incluso con la derecha republicana.

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     Cierto: como el Estatuto Catalán, también el Gallego tiene una apariencia antidemocrática en ese momento final.

     Aún hoy se repite en las "historias" que en el plebiscito del 36 votó "sí" la inmensa mayoría del censo electoral. Es falso. No votaron siquiera los que participaron en los pactos precedentes. Más en ese momento ya tenía Casares -como jefe del Gobierno- lo que no tuvo cuando era ministro de Gobernación: el argumento de los pactos susodichos. Por esos pactos asumió políticamente un pucherazo. Y ni siquiera su enemigo Calvo Sotelo, líder de la ultraderecha monárquica, se mostró muy beligerante con una formalidad que situaba su Galicia en plano de igualdad formal con Cataluña y el País Vasco. Porque, por más que digan los que viven y cobran incalculables sumas del patriotismo partidario y declamatorio, “hasta los cuervos, que nacen en las piedras, pían por ellas” (¡!)

     Casares pues, como republicano gallego autónomo, cumplió la promesa. Hizo realidad el sueño de los heterodoxos de donde provenía: sentó las bases de una Galicia autónoma en una España republicana. Pasa, sin embargo, que ese sueño -como en los caprichos de Goya- produjo monstruos...

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     Frente a esa experiencia y a ese poder, el enorme prestigio personal, artístico y literario de Castelao tenía poco que facer. Por eso echó manos de la sabiduría política (y de las finanzas, en alguna ocasión) del viejo Portela Valladares, que sentía por él enorme devoción, a quién le escribía Castelao los discursos galleguistas..., antes de ser Portela presidente en funciones de la Generalitat Catalana, ministro de Lerroux, jefe del Gobierno y fracasado artífice de un Partido de Centro Democrático que evitara la guerra civil. Un modelo político -el portelista- también galleguista, y de gran atractivo, pero distinto por completo del casarista.

     Ese modelo casarista se basaba en la experiencia coruñesa de la unidad de acción con otras fuerzas. Era, sobre todo, una mano tendida, dispuesta a integrar múltiples elementos dispersos de tradición progresista y democrática. No necesariamente republicanos. Incluso monárquicos y accidentalistas. Como siempre se hizo en La Coruña, donde esa bandera integradora de las diferencias venía siendo, desde la Solidaridad Gallega al Frente Popular del 36, la característica nuclear de los autónomos coruñeses.

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     Casares quiso, en definitiva, aplicar a toda Galicia y a toda España la lección que le habían dado su padre y los artífices de La Coruña Republicana: el por qué del fracaso de la Primera República y de los republicanos españoles, en contraposición con el éxito del republicanismo en su ciudad.

     Así, por esa política de mano tendida, Castelao -que tuvo un conflicto instantáneo con los militares, pero que lo conjuró colaborando intensamente con la Diputación de Pontevedra en la Dictadura- fue recuperado, como Basilio Alvarez, como Portela Valladares o Cambó (el nacionalista catalán que había redactado al rey Alfonso la nota de despedida...)

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     Castelao pues -cuando se proclama la República- es (en el campo de la política, único que venimos considerando en esta conferencia) un político improvisado y mal situado.

     No tenía -ni de lejos- la experiencia, relaciones personales, medios económicos, cultura política, militar, internacional de Casares o de Portela. Todos los conceptos operativos que entraron en juego con el cambio de régimen (incluida la autonomía y el federalismo) eran -en su caso- palabras de lectura periodística, frases de discursos ideológicos generales, conceptos abstractos a los que había sido poco aficionado. Pertenecían a otra tradición, porque Castelao llega a la heterodoxia republicana tarde, y procedente de la derecha liberal más autoritaria.

     Tengo contado muchas veces que lleva el nombre propio del rey Alfonso XIII por la intensa relación de su familia rianxeira con el cura Magariños, que era -en la realidad- un cacique monárquico conservador de Luciano Puga (el padre del maravilloso cocinero Picadillo). Prestigioso abogado defensor -entre otras causas- del hereje republicano Curros Enríquez. Para don Luciano trabajaba en el bufete como eminencia gris uno de los maestros políticos de Casaritos: José Martínez Fontenla, el estratega del Partido Republicano Autónomo. Destacado impulsor -con el padre de los Casares- de la política de unidad de acción.

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     Como cacique puguista, el cura Magariños le hacía llegar a los Puga -una vez al año- aquellas ostras escabechadas de Rianxo, de las que escribe Picadillo en el celebérrimo libro de cocina. Su deguste era fiesta mayor -de tiros largos- en el exquisito pazo de Anzobre, donde (entre los comensales), además de los Casares y Fontenla, era normal que apareciera el médico de cabecera de los Puga aristocráticos (y de los pobres más pobres de La Coruña). Un santo laico por el que tenían devoción Casaritos y Castelao: El Médico Rodríguez (otra joya electoral del republicanismo coruñés), también muy ligado -como los Casares- a estos pagos, a donde vino voluntario para combatir la peste del cólera, estableciendo la primera conexión entre ambos republicanismos.

     Como tisiólogo, el Médico Rodríguez visitaba Suiza con frecuencia. Fue él quien recomendó a su paciente, el tísico Casares Quiroga, ese paraíso curativo, articulado a base de cantones, donde se hablan lenguas tan distintas. El modelo plurilingüístico y organizativo que -como galleguistas- tenían en cuenta para España y para Galicia (la Suiza española) muchos heterodoxos gallegos. Donde Casares Quiroga se hizo políglota. La clave centroeuropea del novecentismo que lo hacía tan original, porque -siendo francófilos casi todos los republicanos españoles- él era entusiasta de la cultura germana, y defendió el neutralismo en la Primera Guerra Mundial, ante el pesar de los aliadófilos. Mas, como discutía la política francesa, también contaba con la simpatía de los ingleses...

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     Fuera de La Coruña Republicana había enormes dificultades para entender semejantes mezcolanzas; sobre todo, la de los monárquicos con los repúblicos. Y así sucedía en la casa rianxeira de Castelao.

     También éste, como su abuela, le llamaba a los republicanos (¡en plena República!) lo que le decían la mayoría de los curas, frailes, monjas, púlpitos y confesionarios del país: republi-cans, porque tenían a aquellos perros por la más pura encarnación del Maligno. Y, sin embargo, ésta era la visión que  nos dejó de ellos el monárquico Picadillo, el hijo coruñés de don Luciano:

             Yo fui el penúltimo de aquellos alcaldes del rey que gobernaban de Real Orden La Coruña. Intuitivamente, concibo al republicano como lo concebían nuestras abuelas. Desgreñado, sucio, pómulos salientes, ojos inyectados. Siempre bebiendo caña y blasfemando siempre. Pero tengo que reconocer que en este pueblo mío hay una colección de señores de cara simpática y trato amable, que dicen pertenecer a la República. Prefieren la perdiz a la raya y el champagne al peleón. Usan cuellos planchados y sombreros hongos (y hasta de copa, si van a algún entierro).

                                                         * * *

     Casares Quiroga -el político más elegante de la República- no vestía de ese modo habitualmente. Era entusiasta del corte inglés; pero su familia ya era republicana, masona, laica y federal cuando era joven la abuela de Castelao. Como es de locos y de absolutistas pensar que un país se pueda construir ahogando o uniformando a los adversarios, La Coruña republicana aprendió a convivir con los monárquicos, así fueran minoría. Y ese modelo de tolerancia fue el que Casares soñaba para Galicia y para España. Pasa, sin embargo, que en Galicia y en España, cuando se proclamó la Segunda República, no había republicanos de tradición democrática, como en La Coruña.

     Porque tolerancia no significa concesión en los principios. Allí había convivencia con monárquicos. No con los reyes. Entre la Primera y la Segunda República, los reyes de España visitaron La Coruña en seis ocasiones. Alfonso XII hizo tres visitas en seis años. Alfonso XIII otras tantas; pero en veintisiete. En la casa-sanatorio de la Ciudad Vieja donde crecieron los Casares Quiroga y donde nació la deslumbrante María Casares, los reyes no entraban ni disfrazados de Magos beneméritos, porque en aquella morada -radicalmente laica- ya lucía entonces el árbol de Noé. Con toda intención. Como en la República Federal de los Estados Unidos de América. Otro modelo organizativo (como el suizo) que tuvieron en cuenta nuestros abuelos heterodoxos (que también fueron los pioneros -radicalmente olvidados- del galleguismo).

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     A Castelao, que tenía la agudeza sinóptica y moralizante de los caricaturistas, le parecían chistosas las remarcadas diferencias de La Coruña, en comparación con Compostela, Rianxo o Pontevedra; pero nunca supo darle patente de gallegas, porque -como sucede hoy- complican el esquemático concepto que tiene de las tradiciones, las lenguas, la historia del país, el galeguismo predominante. Mas, de manera agónica, a toda máquina, en la República, en la guerra civil, en el destierro..., el político Castelao tuvo que ir asimilando y reinventando esa tradición heterodoxa. ¡Demasiado tarde y demasiado solo!

     Será entonces -cuando estaba a punto de convertirse en un desterrado más- cuando comience a integrar en su obra gráfica y literaria lo que formaba parte de la Galicia heterodoxa desde comienzos del siglo XIX: todo ese mundo en el que los conceptos de autonomía, federalismo, iberismo, laicismo, cobraban sentido real, haciéndose tan omnipresentes como en el republicanismo coruñés. Casares se lo recordaba entre dientes, para que no se molestara en darle unas lecciones que él había aprendido desde niño.

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     Aquel Castelao (que casó con una señorita de La Estrada y fue dos veces pensionado por la Junta para la Ampliación de Estudios) aún tenía a la educación laica de la Institución Libre por "escuela de hermafroditas". Resaltaba en los dibujos -con fastidio- ya no el castellano, incluso la manera tan cuidada de vestir al modo parisino las modistillas o las combativas cigarreras de La Coruña. Mientras Casaritos, que era cuatro o cinco veces millonario, casó con una de ellas. Tan bella y elegante que hay quien cuenta la tragedia de la República a través de Gloria Pérez.

     Tuvo que publicar María Casares las maravillosas memorias familiares para que supiésemos que esa joven hermosa y desenvuelta era hija de una cigarrera de ideas. Como La Tribuna de la Pardo Bazán. Tuvo tres hijas con el mismo padre, pero nunca quiso casar con él. Como la madre de los Armesto, como otras mujeres gallegas heterodoxas, tan olvidadas hoy como los Casares. Incluso en La Coruña.

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     María recuerda en sus memorias esa nostalgia de la Galicia coruñesa y de Madrid, fundida con la educación laica que recibió de su padre, porque -hasta que se introdujo en el teatro- no recupera en París ambiente comparable. Nos cuenta igualmente la agonía de Casares, encarcelado en la propia casa, para que nadie pudiera conocer un secreto de Estado que encontramos también en el dietario de Portela Valladares, y que acabo de desvelar en las páginas del diario El País.

     Contra lo que se afirma de él en las historias, Casares fue cesado y recluido por Azaña el 18 de julio del 36 cuando le hizo ver que -al estar Franco en el Alzamiento- él no podía controlar durante mucho tiempo la sublevación militar, sobre todo Galicia. Que, dada la situación política de Portugal, no veía más solución que la paramilitar de los milicianos: armar los sindicatos...

     Cuando Castelao llegó a París para cumplir su triste papel como ministro (sin secretaria y sin  cartera) de un Gobierno de papel mojado, los Casares rompían los últimos vínculos que los ligaban a aquella República sin territorio y sin unidad de acción, ante la que hasta Franco aparecía como un mal menor. Herido en el cuerpo y en el alma por las intrigas a que fue sometido en París, la agonía del ministro aún se hizo más dura al volver a Buenos Aires porque el franquismo y el peronismo habían minado incluso el Centro Gallego, donde había de morir.

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     El mismo año de aquellas muertes, ingresó quien les habla en el Instituto de Castelao. El de Pontevedra. También comezó a pasar los inolvidables veranos en su Rianxo. Un mundo que se parecía visualmente el de los dibujos de Castelao. Liderado por la agresividad absolutista de los misioneros de la Iglesia nacional-católica.

     Todavía estoy viendo las procesiones del Sagrado Corazón y aún queda en la puerta de alguna casa su imagen, a veces con la leyenda agresiva del Tu vencerás, con la que se marcaban las puertas de los republicanos, provocando los célebres rosarios de la aurora, que acababan a palos. Como los que se vivieron en estas tierras castellonenses, cuando los republicanos respondían a la agresión con el grito antitético: La República Vencerá. Mientras Castelao iba en esas procesiones con sus amigos pontevedreses, Casaritos las apedreaba en La Coruña...

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     El mundo de nuestra juventud parecía visualmente el mundo de Castelao; pero no lo era. En el Ayuntamiento de Rianxo, formado por una villa-puerto y seis parroquias, donde ir calzado con decencia era un lujo tan raro como comer lo necesario, donde la emigración a las Americas volvía a ser tan torrencial como antes de la guerra civil, funcionaban simultáneos ¡cuatro cines!. Porque la España de Franco (desde 1941, el año del hambre) era la segunda potencia mundial en oferta de plazas cinematográficas. ¡Todas las cinematografías comerciales de las Américas, comezando por Hollywood, ya eran franquistas!.

     En la BBC se hablaba de los exiliados de México y Buenos Aires; pero en los cines, en los bailes, en las fiestas innumerables de nuestra juventud, atronaban los mariachis, los boleros de Agustín Lara y el son afrocubano de Machín. La hermosura de los tangos de Gardel no era comparable al gambeteo que se metió en el fútbol europeo de la posguerra desde que el San Lorenzo de Almagro y Evita Perón visitaron la España de Franco.

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     Ni Dios hablaba de Casares, ni de Castelao. Cuando en 1972 comencé a difundir las investigaciones sobre el rianxeiro, ya se hablaba de éste; pero ¡"de memoria"!. La enorme obra, que tuve la honra de pasear por el mundo, me ayudó -cómo no- a penetrar en su Galicia. Pero mi analítica y mis conclusiones siempre fueron abismalmente distintas de las suyas. Guardan profunda relación, sin embargo, con el mundo que refiere María Casares.

     La Galicia heterodoxa, atlántica, plurilingüe, de los Casares, que no pudo ser, estaba desterrada en París, y aún hoy no fuimos capaces de recuperarla.

     A la tarea de recuperar esa memoria obedece esta conferencia. Queremos que uno y otro convivan en el recuerdo, como convieron en la realidad. Que no pueda suceder lo que sucedió con María Casares. Porque ella, que regresó a su España, murió sin poner los pies en su Galicia añorada. Una tierra que negaba y desconocía la enorme lucha de los correligionarios de su propia estirpe.



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